sábado, 6 de septiembre de 2014

Coso 97: Naricero para Anteojos de Borde Metálico



El Naricero, aún presente en algunos diseños de anteojos de borde metálico es un caso paradigmático de “aquello que aprecias cuando lo pierdes”, emparentándolo con el Amor, el Papel Higiénico y la Juventud. Cuando algún accidente lo desprende de ese pequeño bracito metálico soldado al cuerpo del anteojo, no lo extrañamos sólo por su ausencia, por haber perdido algo hermoso, querido o útil: Su ausencia se nos hace mucho más patente, diríamos dolorosa (físicamente hablando) en la punción del antedicho bracito que, desnudo y sin rienda alguna, se dedica a hurgar y carcomer la carne de nuestra nariz superior, con la firme intención de horadar despiadadamente hasta el tabique; entonces recuperamos el naricero o conseguimos uno similar, y éste tiene una conducta bastante perversa: sin pincharnos, continúa presionando sobre la llaga producida, como para recordarnos que nunca debimos descuidarlo, como una ex esposa despechada que ha regresado sólo para convertir nuestra vida en un infierno. Buen momento para pensar en la cirugía o los lentes de contacto.

sábado, 30 de agosto de 2014

Coso 96: “Abstractito”



Cuando parecía que ya no quedaba rubro, rincón o centímetro del Universo atacado por el “Design” y su mundillo de comedores de comida étnica y muebles incómodos (pero muy diseñados), esta infección se apoderó del huésped más impensado: el de los bebés y su parafernalia. Por definición, este universo de colores primarios y muñecos de ojos saltones parecía incompatible con los parámetros anoréxicos y desencantados de la gente cool. Sin embargo, una avanzada de muñecos de trapo “de diseñador” ha hecho su aparición en los negocios más conchetos del rubro “puericultura”; y por supuesto, como son de diseñador, no se parecen en nada a un muñeco de trapo. Nada hay en ellos que recuerde a una cabeza, brazos o piernas, lo que sería muy vulgar. A duras penas tienen en su corpachón de figura geométrica irregular un botón que hace las veces de ojo (sí, en singular) y alguna semi-sonrisa bordada. Pariente del Monstruo de Frankenstein y el bull-dog, y rogando por que alguien le pegue un tiro, “Abstractito” ha hecho su entrada. Su venganza está implícita: introducir nociones de anatomía muy confusas a toda una generación.

jueves, 24 de abril de 2014

¡DETERMINAN QUE LIBRO NO ES UN LIBRO!

Me quiero comprar este libro.

464 páginas de Landrú, el humorista argentino que más me ha hecho reir; contiene -digo yo- cientos de dibujos y escritos con sus personajes; un libro, además, de gran importancia histórica debido a las diversas intervenciones de “Tía Vicenta” en los medios y la política argentina. En fin, un “must”, muchachos, un “must”.

El primer problema es el precio. $690. Seguramente tengo una falla en la percepción de lo que debe salir o no debe salir un libro, seguramente todo está más caro de lo que creo y es cierto que hoy un billete de 100 es como caquita (aunque siento que me arrancan un trozo de riñón cada vez que me desprendo de uno). Pero, ¡690! Para mí es una cifra que se acerca más a lo que tiene que salir un electrodoméstico que un libro.

Y no es una exageración: algunos electrodomésticos son más baratos. Por ejemplo, una tostadora, o una pava eléctrica. Creo que podría comprarme tres o cuatro de esos ítems con un Landrú. Y el electrodoméstico tiene cables, lucecitas, microchips, cosas caras. ¿El Landrú tiene microchip? No, no tiene. ¡Jaque mate, flaco! ¡No me cobres cosa sin microchip como dos o tres veces algo que tiene! ¡Es lo único que te pido!

El segundo problema es el tamaño, que claro, acá en la fotito no se nota, pero es grande. Me refiero a grande de grande grande, grande de que no podés dudar si está entre “mediano” o “grande”, no, es grande a simple vista, es un flor de pedazote de cacho de libro. No es un “ladrillo” sino varios.

Es grande, gordo e incómodo, es un libro que te invita a dejarlo en la biblioteca, que se ve re lindo, no a llevártelo a la cama o al baño. Ahí en el aviso te lo ponen, así casi al pasar, medio traicioneramente: ¡Pesa 2.500 gramos! ¡Dos kilos y medio! Ya que te lo pongan ahí, yo digo que tipo advertencia es para preocuparse, como si el librero se quisiera sacar la responsabilidad de vendértelo y que después necesites un flete. También dice “encuadernación rústica”. No me quiero imaginar lo que pesaría el tapa dura.

No me imagino cargando esa bestialidad para leer en el colectivo (si es que yo tuviera la peregrina idea de viajar en colectivo. Pero ese es otro tema), o yendo a un bar con el Landrú bajo el brazo, o sea, no creo que lo pudiera llevar, técnicamente, “bajo el brazo”. No creo que la presión del brazo contra las costillas que soy capaz de hacer fuera suficiente para mantenerlo en su lugar. No, es un libro que lo tenés que ocupar con las dos manos o un carrito. Es ese tipo de libro, tipo libro de arte, grande.

Y acá está la parte más preocupante del asunto ¿Puede, un libro que supera ciertas dimensiones, llamarse “libro”? Por ejemplo, cuando una pelota de ping pong tiene el tamaño de una número cinco, yo creo que ya no es una pelota de ping pong. Es una número cinco, o una bola de cristal, o un plafond esférico para alumbrar el jardín. ¿Un clavo de un metro de largo es un clavo o es un florete? Un anillo de un metro de diámetro no es un anillo, es un hula-hula, y una gomita elástica grande no es una gomita, sino una cámara de auto. Bueno, podemos estar todo el día así.

No, no sé qué es el Landrú. Sé que no es un libro, pero las características del objeto, sumado a su tamaño, lo hacen difícil de recategorizar. No hay cosas rectangulares con miles de hojas gigantes que contienen letritas y dibujos. Lo más adecuado que se me ocurrió es que es una especie de puerta. Pero las puertas no tienen, atrás, otras cientos de puertitas (de una consistencia más meliflua) que tenés que seguir abriendo indefinidamente, salvo en las escenas de algunos dibujos animados.

En fin, no sé lo que es, ya quedamos en que no es un libro, y sé que a pesar de todo, quiero ese Landrú. Escucho ofertas, pero tienen que incluir gastos de transporte, logística y probablemente traumatología. Gracias, espero acá.

viernes, 11 de abril de 2014

¡EXPLICAN EL ABC DE LOS CAMBIOS EN EL ABECEDARIO!

La CoMeTra (Comisión para el mejoramiento del Trabajo Ajeno), siempre atenta a las nuevas tendencias y lglarglagarglafssssssss, ha decidido meterse de lleno con los últimos cambios al alfabeto que ha decidido emprender la RAE, sobre todo lo de cambiarle el nombre a las letras (“Ye” en vez de “Y griega” y “Uve” en vez de “Ve corta”). Que me parece bien porque eso de que la “A” se llame “A” es como re obvio. Es como que tenés un perro y le ponés “Perro” (en lugar de “Nyarlathothep, el Caos Reptante”), o que tengas una novia y le pongas “Novia” (en lugar de “Azuquítar Corderita Morronguchita mi Pupushipushitipushishi pushi”).

También me parece muy bueno lo de sacar letras, especialmente lode sacar la “Ll”, que suena, y dejar la “H”, que ni siquiera se escucha. Genial. O sacar la “Ch”, que no tiene letra con el mismo sonido, y dejar intactas la “C”, la “K” y la “Q”, tres letras con el mismo ruido. Uhhh, para el opremio Nobel. ¡Buéh! Pero qués e puede esperar de gente que le dice “Teleñecos” a los Muppets.

En fin, luego de un intenso brainstorming, llegamos a este breve corpus de rebautismos, recortes, agregados y mejoras en general. De nada:

“A”: Pasa a llamarse “La casita”
“B”: “La tetona”
“C”: “La Boquiabierta”
“D”: “La tetona con una sola teta”
“E”: “El rastrillo”
“F”: El rastrillo roto”
“G”: “Rulito”. O “Oaky”. Pará, o “La cola del chancho”.
“H”: “El arco de rugby”. Y aparte ahora tendría sonido, porque si no no va. No va. Es un contrasentido que haya una letra que no suena. No va. El sonido asignado es como una “F” pero más fuerte, medio como escupiendo, tipo: ¡Affffsssbfffffff! ¡Affffrrrrfffssss”. Hay que decirla con cara medio de enojado.
“I”: “El palito”
“J”: “El Mondongo”. Esta se le ocurrió a Ludmila, la novia de Buseca. Yo dije nada que ver, nada que ver, pero se me empacaron entre los dos, el Buseca medio que no la quiso contradecir para no hacer quilombo (están en crisis) y quedó. Igual no está mal, porque l idea era no ser obvio.
“K”: Le cambiamos un poco el sonido, es más como una “T” fuerte, escupida. En general todos los cambios que pusimos fueron para que todo sea más escupido. Para generar contacto con el prójimo. El lenguaje es una maravillosa herramienta para comunicarnos.
“L”: “El Tetris”
“LL”: La pusimos de nuevo. Para mí está mal que la hayan sacado.
“M”: “La cosa medio así”
“N”: La sacamos. Yo opino que es medio parecida a la “M”, para qué andar repitiendo. Los pibes se me quisieron retobar, pero ahí yo les tiré medio sarcásticamente el caso de “El Mondomgo” y se tuvieron que llamar a silemcio. La política es así, es todo um toma y daca.
“O”: La “O”. Esta nos pareció bien dejrala así con el nombre original. No es cuestión de derribar las estructuras porque sí, en un arrebato de caprichosa iconoclastia adolescente. Y aparte probamos con otras cosas pero a esta altura nos costaba concentrarnos y salían todos ejemplos de mal gusto. Prefiero no mencionarlos; por ejemplo, “El Ano”. Ese tipo de ejemplos que prefiero no mencionar. Como “El Ojete” o “El Orto”. Mejor no andar mencionando esas cosas desagradables, como “El Culo”, el “Totó”, “El Colon”, “Sauron”, etc.
“Q”: “El Ano con Hemorroides”
“R”: “El tipito caminando”
“S”: “La Viborita”, qué otra cosa le vamos a poner. “La Viborita”. ¡Claro!
“T”: “El Techito por si Llueve”
“p”: La dejamos como estaba pero la cambiamos de lugar. Y la dejamos en minúscula. Nos agarró como una saña.

Ahí medio que nos trabamos, pero apostamos a que esas letras en general nadie las usa, en las agendas te las amontona, son como medio clase la Tetona, esas letras que por el Arco de rugby o la Tetona se terminan volando.