miércoles, 27 de noviembre de 2013
miércoles, 20 de noviembre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
¡FAMOSO ESCRITOR LANZA SUS ÚLTIMAS PALABRAS: “DECILE NENA LA ENFERMERA QUE MASFAASA”!
Durante casi siete años he tenido el privilegio de ser interlocutora de P. en las diversas charlas (prontas a ser recopiladas en mi libro P: Una vida de Entrevistas), charlas que, confieso, no siempre se desarrollaban en el clima más pacífico; pero seguramente no hubiera podido ser de otro modo habida cuenta la movilizdora, polémica y a veces irritante personalidad del Maestro. Y cuando digo “irritante” me refiero a esa capacidad que tienen para irritar los espíritus muy lúcidos o las personas muy irritantes; sabrá seguramente el lector habitual de P. a cuál de las dos vertientes pertenece el Maestro.
Debido a esta relación tan personal que entablamos, a veces violenta, otras dañina, de vez en cuando enfermiza, psicopática e incluso policial (¡pero nunca tibia e indiferente!) es tal vez que no me sorprendió que el Maestro requiriera mi presencia en sus últimos momentos. No fue fácil para mí decidirme a acercarme a la Clínica del Gremio Politécnico, donde permanecía luego de la sexta extirpación de su maltratado hígado -el cual, para perplejidad del cuerpo médico ha vuelto a crecer una y otra vez, aunque cada vez en peor estado que el anterior-, con pronósticos bastante pesimistas.
No es grato acompañar en su lecho de muerte a un ser que se quiere, se respeta o cuando menos no se le desea ningún mal; menos aún en este caso. Pero en honor a la relación que nos unió, y teniendo en cuenta la sabia sugerencia que me hiciera Editorial Galaxia sobre incluir esta última entrevista en P: Una Vida de Entrevistas me acerqué a la habitación 13 13 de la Clínica, donde mantuvimos la charla que leerán a continuación.
Ante todo, Maestro, tengo que decirle que es un verdadero honor que haya solicitado mi presencia en este momento tan particular.
P: Y cómo iba a dejar afuera de un momento tan trascendente como éste a quien fuera mi biógrafa más constante, querida. En cuanto los médicos me explicaron la comprometida situación en que me encuentro le pedí a Mecha: “Llamala a Vivi y armemos una charla”.
No me llamo Vivi, Maestro.
P: Bueno. Tampoco agrega mucho que me aprenda tu nombre ahora, ¿no? (Hace una mezcla de risa y tos) Pero como le decía hoy a Mecha: “Vivi por lo menos siempre transcribió bien lo que decía”. Y pensaba en lo importante que es que el titular de mi último reportaje sea elegido por una buena transcriptora, ya que no una par o una periodista.
Soy periodista, Maestro.
P: (Tose, o se ríe, no estoy segura) Bueno, sí. Pero transcribís bien, ¿no?
Sí, Maestro, aparte tengo un grabador.
P: Bueno. Yo digo porque en cualquier momento, quién te dice digo alguna frase digna de un titular.
Seguramente, Maestro.
P: Puede venir en cualquier momento, viste que no hay que forzar la inspiración. Tiene que ser espontáneo. ¡Tampoco lo voy a tener preparado de antemano!
No, Maestro, estoy segura de que no.
P: ¡Como escritor, solo espero un final abierto para la Novela de mi Vida!
¿Qué?
P: ¡Ah! Ahí tenés el titular de la nota. Me Salió así, completamente espontáneo. Me parece que es un buen resumen de la charla.
Disculpe, Maestro, justo no presté atención, me quedé pensando en eso de la inspiración y los titulares…
P: Bueno, pero lo tenés grabado, ¿no?
No, no, todavía no prendí el coso.
P: ¿Querés que te repita la frase?
No, Maestro, preferiría que no. Me parece que tiene que ser espontánea.
P: Claro, claro, es lo que yo decía. En fin. (Tose)
Cuénteme, Maestro, ¿cómo se prepara para enfrentar este momento tan Trascendental?
P: ¡Ah! Bueno, en los momentos que los torturadores que manejan esta Clínica no vienen a sacarme sangre o hacerme análisis, reflexiono. Pienso mucho. Pienso si aproveché bien el pasado, si debí hacer algo más para que mi vida haya tenido sustancia. (Se incorpora bruscamente y habla mirando fijo el grabador) ¡En el Desenlace de mi Vida, espero que haya tenido un buen Nudo! Uy, sin darme cuenta creo que te acabo de dar un buen título para la nota.
Perdón, Maestro, justo estaba respondiendo un mensaje de texto. ¿Qué decía?
P: Nada. ¿Ya prendiste el grabador?
Me parece que no tiene pila. No importa, lo hacemos a lo gaucho, Maestro.
P: ¿Te repito la…?
Mejor no.
P: No, claro.
Dígame, Maestro, ¿alguna vez fantaseó de joven con el momento posterior a su muerte? ¿En los homenajes, las charlas, los epitafios? ¿O cree, como su colega Ricardo Barboza, que son una “prolongación de la masturbación literaria en la que viven inmersos los escritores”?
P: Eso lo dijo de resentido, porque cuando se murió no lo homenajeó casi nadie.
Creo que lo dijo antes de morirse, Maestro.
P: Yo no estaría tan seguro. Pero en todo caso, no está de más homenajear y recordar para toda la Eternidad a la maravillosa gente que nos ha dado cosas tan bellas como un Cervantes, como un Borges, un Hemingway… No está nada mal, nada mal, hay que mantener viva la Cultura, yo creo que está bien. Está muy bien y es así y hay que hacerlos y si no es una falta de respeto y ojalá que ni se les ocurra justo justo ahora empezar a cambiar las reglas del juego porque ya he dejado instrucciones a mis abogados para iniciar medidas contra las principales publicaciones culturales si no cumplen con las tradiciones del caso. (Vuelve a hablarle al grabador) ¡Solo espero que las Obras Completas de mi Vida tengan una Segunda Edición! Epa, ese es un buen título, ¿no?
Uy, Maestro, ¿por qué le habla al grabador si no tiene pilas? Aparte me hizo desconcentrar, mientras hablaba me quedé pensando “¿Por qué el Maestro le habla al grabador?”
P: (Respira medio agitado) Claro, claro, entiendo. En fin, en fin, no, si yo entiendo.
¿Y en estos días, ha tenido fuerzas para dejarnos una última obra?
P: Creo que ante la cercanía de la Muerte, ponerme a escribir podría considerarse una frivolidad. ¡La Muerte es un Editor despiadado! Uy, ahí te tiré otro titular. Además, mis fuerzas me abandonan. ¡Un Cuerpo en Decadencia es un oficial de aduana ante el cual la Inspiración es un inmigrante Ilegal! ¡Ah! Me parece que sin querer, en forma totalmente espontánea y no deliberada te di un buen título. Y además, ¡he meditado a menudo sobre la muerte, y encuentro que es el menor de todos los males! Apa apa apa, ese titular es bueno, ¿no?
¡Ese lo escuché! ¡Muy bueno, Maestro!
P: Bueno, menos mal.
Me parece que la frase esa es de Bacon.
P: (Tose varias veces) Ajá.
Es justo la que escuché. Las otras que dijo antes no, porque estaba pensando en que me tenía que concentrar en escuchar bien lo que usted decía, a ver si me daba un buen titular para la nota. ¡Qué lástima!
P: …
Lo veo muy cansado, Maestro, y no quisiera que esta charla acelere el proceso absolutamente irreversible y de algún modo liberador que está viviendo. Quiero decirle que ha sido un honor compartir tantas horas con usted, y que extrañaré sus palabras siempre profundas, siempre polémicas, siempre movilizadoras.
P: No te preocupes, querida, estos últimos meses tuve tiempo para subsanar esa desazón.
El Maestro, con sus últimas fuerzas, extrae de debajo de la cama una pila de unos cuarenta centímentros de alto y me lo obsequia, con ojos emocionados.
¿Qué es esto, Maestro?
P: Preparé unas respuestas a las hipotéticas entrevistas que me podrías realizar durante los próximos diez años, incluyendo novelas hipotéticas, posibles escandaletes, potenciales polémicas en el mundillo literario, etc. Para que te quedes menos sola. Para que tu vida no pierda sentido.
Gracias, Maestro.
P: Ya hablé con la gente de Editorial Galaxia para que suspendan la edición del libro de entrevistas así estas no quedan afuera. Capaz que las podés ir publicando de a una cada seis, siete meses, hasta que se terminen.
¿Ajá?
P: No sé, a ese ritmo en unos doce, quince añitos ahí podés armar el compilado. Va a quedar más jugoso. Y así es como que esta relación periodista-entrevistado puede segur perdurando en el tiempo. Venciendo de alguna manera a la Muerte. Es mi obsequio. De paso, así no te apurás en sacar tu primer libro, me parece que hay que darle tiempo al tiempo, yo todavía te veo un poco verde, (Tose) algunos párrafos que metés son medio reiterativos, medio bodrios, qué se yo. (Tose y medio que parece que se ríe) Mejor que empieces a publicar a los cincuenta, sesenta, que sacar un librito medioc… (Tose varias veces) Ahhh oh decile nena a la enfermera que masfaaasa.
Así me dejó el Maestro. Físicamente sola, aunque acompañada por su abrumador legado de palabras póstumas, en letra manuscrita y muuuy muuuy pequeña. Tan sola y superada por las emociones que, lamentablemente, he tardado más de cincuenta minutos en llamar al personal de la Clínica, lo que me ha valido la injusta acusación que en estos momentos sus herederos me imputan.
Nota del Editor: La Muerte del Maestro ha afectado a nuestra compañera en un modo más profundo del imaginable, aunque desde el Pabello para Homicidas Violentos del Moyano nos informan que ya hace un par de días ha dejado de gritar “¡Dejeme en paaaz! ¡Déjeme viviiiiir!” (una letanía con la que entendemos deseaba alejar al fantasma de la Pérdida), lo que significa una leve mejoría.
Las entrevistas al Maestro, gracias a su visión totalizadora, seguirán alimentando las páginas de este suplemento (hasta dentro de “unos doce, quince añitos”, según sus propias palabras), en cuanto nuestra compañera resuelva su situación legal y supere la pena que la embarga.
Debido a esta relación tan personal que entablamos, a veces violenta, otras dañina, de vez en cuando enfermiza, psicopática e incluso policial (¡pero nunca tibia e indiferente!) es tal vez que no me sorprendió que el Maestro requiriera mi presencia en sus últimos momentos. No fue fácil para mí decidirme a acercarme a la Clínica del Gremio Politécnico, donde permanecía luego de la sexta extirpación de su maltratado hígado -el cual, para perplejidad del cuerpo médico ha vuelto a crecer una y otra vez, aunque cada vez en peor estado que el anterior-, con pronósticos bastante pesimistas.
No es grato acompañar en su lecho de muerte a un ser que se quiere, se respeta o cuando menos no se le desea ningún mal; menos aún en este caso. Pero en honor a la relación que nos unió, y teniendo en cuenta la sabia sugerencia que me hiciera Editorial Galaxia sobre incluir esta última entrevista en P: Una Vida de Entrevistas me acerqué a la habitación 13 13 de la Clínica, donde mantuvimos la charla que leerán a continuación.
Ante todo, Maestro, tengo que decirle que es un verdadero honor que haya solicitado mi presencia en este momento tan particular.
P: Y cómo iba a dejar afuera de un momento tan trascendente como éste a quien fuera mi biógrafa más constante, querida. En cuanto los médicos me explicaron la comprometida situación en que me encuentro le pedí a Mecha: “Llamala a Vivi y armemos una charla”.
No me llamo Vivi, Maestro.
P: Bueno. Tampoco agrega mucho que me aprenda tu nombre ahora, ¿no? (Hace una mezcla de risa y tos) Pero como le decía hoy a Mecha: “Vivi por lo menos siempre transcribió bien lo que decía”. Y pensaba en lo importante que es que el titular de mi último reportaje sea elegido por una buena transcriptora, ya que no una par o una periodista.
Soy periodista, Maestro.
P: (Tose, o se ríe, no estoy segura) Bueno, sí. Pero transcribís bien, ¿no?
Sí, Maestro, aparte tengo un grabador.
P: Bueno. Yo digo porque en cualquier momento, quién te dice digo alguna frase digna de un titular.
Seguramente, Maestro.
P: Puede venir en cualquier momento, viste que no hay que forzar la inspiración. Tiene que ser espontáneo. ¡Tampoco lo voy a tener preparado de antemano!
No, Maestro, estoy segura de que no.
P: ¡Como escritor, solo espero un final abierto para la Novela de mi Vida!
¿Qué?
P: ¡Ah! Ahí tenés el titular de la nota. Me Salió así, completamente espontáneo. Me parece que es un buen resumen de la charla.
Disculpe, Maestro, justo no presté atención, me quedé pensando en eso de la inspiración y los titulares…
P: Bueno, pero lo tenés grabado, ¿no?
No, no, todavía no prendí el coso.
P: ¿Querés que te repita la frase?
No, Maestro, preferiría que no. Me parece que tiene que ser espontánea.
P: Claro, claro, es lo que yo decía. En fin. (Tose)
Cuénteme, Maestro, ¿cómo se prepara para enfrentar este momento tan Trascendental?
P: ¡Ah! Bueno, en los momentos que los torturadores que manejan esta Clínica no vienen a sacarme sangre o hacerme análisis, reflexiono. Pienso mucho. Pienso si aproveché bien el pasado, si debí hacer algo más para que mi vida haya tenido sustancia. (Se incorpora bruscamente y habla mirando fijo el grabador) ¡En el Desenlace de mi Vida, espero que haya tenido un buen Nudo! Uy, sin darme cuenta creo que te acabo de dar un buen título para la nota.
Perdón, Maestro, justo estaba respondiendo un mensaje de texto. ¿Qué decía?
P: Nada. ¿Ya prendiste el grabador?
Me parece que no tiene pila. No importa, lo hacemos a lo gaucho, Maestro.
P: ¿Te repito la…?
Mejor no.
P: No, claro.
Dígame, Maestro, ¿alguna vez fantaseó de joven con el momento posterior a su muerte? ¿En los homenajes, las charlas, los epitafios? ¿O cree, como su colega Ricardo Barboza, que son una “prolongación de la masturbación literaria en la que viven inmersos los escritores”?
P: Eso lo dijo de resentido, porque cuando se murió no lo homenajeó casi nadie.
Creo que lo dijo antes de morirse, Maestro.
P: Yo no estaría tan seguro. Pero en todo caso, no está de más homenajear y recordar para toda la Eternidad a la maravillosa gente que nos ha dado cosas tan bellas como un Cervantes, como un Borges, un Hemingway… No está nada mal, nada mal, hay que mantener viva la Cultura, yo creo que está bien. Está muy bien y es así y hay que hacerlos y si no es una falta de respeto y ojalá que ni se les ocurra justo justo ahora empezar a cambiar las reglas del juego porque ya he dejado instrucciones a mis abogados para iniciar medidas contra las principales publicaciones culturales si no cumplen con las tradiciones del caso. (Vuelve a hablarle al grabador) ¡Solo espero que las Obras Completas de mi Vida tengan una Segunda Edición! Epa, ese es un buen título, ¿no?
Uy, Maestro, ¿por qué le habla al grabador si no tiene pilas? Aparte me hizo desconcentrar, mientras hablaba me quedé pensando “¿Por qué el Maestro le habla al grabador?”
P: (Respira medio agitado) Claro, claro, entiendo. En fin, en fin, no, si yo entiendo.
¿Y en estos días, ha tenido fuerzas para dejarnos una última obra?
P: Creo que ante la cercanía de la Muerte, ponerme a escribir podría considerarse una frivolidad. ¡La Muerte es un Editor despiadado! Uy, ahí te tiré otro titular. Además, mis fuerzas me abandonan. ¡Un Cuerpo en Decadencia es un oficial de aduana ante el cual la Inspiración es un inmigrante Ilegal! ¡Ah! Me parece que sin querer, en forma totalmente espontánea y no deliberada te di un buen título. Y además, ¡he meditado a menudo sobre la muerte, y encuentro que es el menor de todos los males! Apa apa apa, ese titular es bueno, ¿no?
¡Ese lo escuché! ¡Muy bueno, Maestro!
P: Bueno, menos mal.
Me parece que la frase esa es de Bacon.
P: (Tose varias veces) Ajá.
Es justo la que escuché. Las otras que dijo antes no, porque estaba pensando en que me tenía que concentrar en escuchar bien lo que usted decía, a ver si me daba un buen titular para la nota. ¡Qué lástima!
P: …
Lo veo muy cansado, Maestro, y no quisiera que esta charla acelere el proceso absolutamente irreversible y de algún modo liberador que está viviendo. Quiero decirle que ha sido un honor compartir tantas horas con usted, y que extrañaré sus palabras siempre profundas, siempre polémicas, siempre movilizadoras.
P: No te preocupes, querida, estos últimos meses tuve tiempo para subsanar esa desazón.
El Maestro, con sus últimas fuerzas, extrae de debajo de la cama una pila de unos cuarenta centímentros de alto y me lo obsequia, con ojos emocionados.
¿Qué es esto, Maestro?
P: Preparé unas respuestas a las hipotéticas entrevistas que me podrías realizar durante los próximos diez años, incluyendo novelas hipotéticas, posibles escandaletes, potenciales polémicas en el mundillo literario, etc. Para que te quedes menos sola. Para que tu vida no pierda sentido.
Gracias, Maestro.
P: Ya hablé con la gente de Editorial Galaxia para que suspendan la edición del libro de entrevistas así estas no quedan afuera. Capaz que las podés ir publicando de a una cada seis, siete meses, hasta que se terminen.
¿Ajá?
P: No sé, a ese ritmo en unos doce, quince añitos ahí podés armar el compilado. Va a quedar más jugoso. Y así es como que esta relación periodista-entrevistado puede segur perdurando en el tiempo. Venciendo de alguna manera a la Muerte. Es mi obsequio. De paso, así no te apurás en sacar tu primer libro, me parece que hay que darle tiempo al tiempo, yo todavía te veo un poco verde, (Tose) algunos párrafos que metés son medio reiterativos, medio bodrios, qué se yo. (Tose y medio que parece que se ríe) Mejor que empieces a publicar a los cincuenta, sesenta, que sacar un librito medioc… (Tose varias veces) Ahhh oh decile nena a la enfermera que masfaaasa.
Así me dejó el Maestro. Físicamente sola, aunque acompañada por su abrumador legado de palabras póstumas, en letra manuscrita y muuuy muuuy pequeña. Tan sola y superada por las emociones que, lamentablemente, he tardado más de cincuenta minutos en llamar al personal de la Clínica, lo que me ha valido la injusta acusación que en estos momentos sus herederos me imputan.
Nota del Editor: La Muerte del Maestro ha afectado a nuestra compañera en un modo más profundo del imaginable, aunque desde el Pabello para Homicidas Violentos del Moyano nos informan que ya hace un par de días ha dejado de gritar “¡Dejeme en paaaz! ¡Déjeme viviiiiir!” (una letanía con la que entendemos deseaba alejar al fantasma de la Pérdida), lo que significa una leve mejoría.
Las entrevistas al Maestro, gracias a su visión totalizadora, seguirán alimentando las páginas de este suplemento (hasta dentro de “unos doce, quince añitos”, según sus propias palabras), en cuanto nuestra compañera resuelva su situación legal y supere la pena que la embarga.
martes, 30 de julio de 2013
“CRÓNICAS DE T”: ¡TODO LLEGA!
El automóvil que está a mi disposición actualmente, modelo 2005, tiene dirección hidráulica y aire acondicionado. También tiene un sistema muy copado de que si te dejás las luces prendidas hace sonar una alarma. Ah, y radio, tiene radio, con CD y todo.
Tiene otras prestaciones que parecen surgidas de una fábula fantacientífica, como que el asiento no tiene un agujero en el que se te hunde el culo medio metro, ni produce ruidos similares al de un ogro biomecánico, ni que se queda sin frenos, o se te parte el acelerador en dos cuando estás bajando una loma, ni que se te incendia el motor, se te rompe la cruceta o la dirección.
Compréndanme: Para quien haya manejado un Taunus “L” del año 1980 durante los últimos 15 años, todos estos adelantos técnicos, supongo que naturales para el común de la gente, el hombre del común, del llano, el hombre de la calle, y qué más de la calle que andar en auto, el hombre de a pie, a no, ese no, en fin, para el hombre con dos dedos de frente que sabe cuándo su máquina debe rendirse, en fin, todos estos adelantos técnicos semejan los dispositivos asombrosos de una nave espacial. Una nave que no corcovea, se irrita, se detiene y saltica, sino que se desliza, que apenas toca el ras del suelo, que cumple con su rol de llevamiento, y no de mochila arrastrada dificultosamente por nuestros pies
No era un motor con cables, engranajes, humo y chirimbolos de fierro de la Era Industrial los que esperaba que tuviera mi corcel actual, sino nanotubos de carbono, máquinas de movimiento casi perpetuo, energía cuántica, magnetismo, campos de fuerza generados telepáticamente por criaturas de otra dimensión; en fin, imaginaba un capot aparentemente vacío para la deficiente percepción humana, del que emanara una luz fluorescente y verdosa, y un coro de voces, voces inocentes y risas de felicidad gorgojeadas por las ninfas tecno-mágicas que le insuflaban su Fuerza Vital. Y olor a lavanda.
Pero allí estaba yo, en un pueblo perdido al costado de la ruta, mirando ansiosamente al imprevisto mecánico al que tuve que recurrir debido a ciertas actitudes poco profesionales del vehículo, mientras este me mostraba la “bomba de agua” (¿Ustedes sabían que los autos posteriores al 2004 tienen bomba de agua? ¡Yo no lo sabía!), carcomida por las bastas inclemencias del Mundo Físico (y no por el combate Celestial que indudablemente las criaturas ultradimensionales movedoras de autos librarían a diario, si es que éstas existieran), con abundancia de cachos faltantes, mordiscones de bestias primigenias, ajaduras y chorreos de grasa y óxido.
Y pude sentir (además de un razonable cóctel que incluía la angustia, la incertidumbre, la ira, la avaricia, la frustración, la desesperanza, el ateísmo y la impaciencia) aquella emoción que nos invade cada vez que observamos en nuestros seres queridos el cumplimiento de una etapa, una emoción que me hizo musitar para mis adentros:
“Hijo mío, ya eres un Taunus”
Tiene otras prestaciones que parecen surgidas de una fábula fantacientífica, como que el asiento no tiene un agujero en el que se te hunde el culo medio metro, ni produce ruidos similares al de un ogro biomecánico, ni que se queda sin frenos, o se te parte el acelerador en dos cuando estás bajando una loma, ni que se te incendia el motor, se te rompe la cruceta o la dirección.
Compréndanme: Para quien haya manejado un Taunus “L” del año 1980 durante los últimos 15 años, todos estos adelantos técnicos, supongo que naturales para el común de la gente, el hombre del común, del llano, el hombre de la calle, y qué más de la calle que andar en auto, el hombre de a pie, a no, ese no, en fin, para el hombre con dos dedos de frente que sabe cuándo su máquina debe rendirse, en fin, todos estos adelantos técnicos semejan los dispositivos asombrosos de una nave espacial. Una nave que no corcovea, se irrita, se detiene y saltica, sino que se desliza, que apenas toca el ras del suelo, que cumple con su rol de llevamiento, y no de mochila arrastrada dificultosamente por nuestros pies
No era un motor con cables, engranajes, humo y chirimbolos de fierro de la Era Industrial los que esperaba que tuviera mi corcel actual, sino nanotubos de carbono, máquinas de movimiento casi perpetuo, energía cuántica, magnetismo, campos de fuerza generados telepáticamente por criaturas de otra dimensión; en fin, imaginaba un capot aparentemente vacío para la deficiente percepción humana, del que emanara una luz fluorescente y verdosa, y un coro de voces, voces inocentes y risas de felicidad gorgojeadas por las ninfas tecno-mágicas que le insuflaban su Fuerza Vital. Y olor a lavanda.
Pero allí estaba yo, en un pueblo perdido al costado de la ruta, mirando ansiosamente al imprevisto mecánico al que tuve que recurrir debido a ciertas actitudes poco profesionales del vehículo, mientras este me mostraba la “bomba de agua” (¿Ustedes sabían que los autos posteriores al 2004 tienen bomba de agua? ¡Yo no lo sabía!), carcomida por las bastas inclemencias del Mundo Físico (y no por el combate Celestial que indudablemente las criaturas ultradimensionales movedoras de autos librarían a diario, si es que éstas existieran), con abundancia de cachos faltantes, mordiscones de bestias primigenias, ajaduras y chorreos de grasa y óxido.
Y pude sentir (además de un razonable cóctel que incluía la angustia, la incertidumbre, la ira, la avaricia, la frustración, la desesperanza, el ateísmo y la impaciencia) aquella emoción que nos invade cada vez que observamos en nuestros seres queridos el cumplimiento de una etapa, una emoción que me hizo musitar para mis adentros:
“Hijo mío, ya eres un Taunus”
jueves, 4 de julio de 2013
¿ESTAMOS ACASO EN UNA ETAPA PREHISTÓRICA DEL ESPEJO?
Si somos exigentes, pero con esa exigencia irresponsable que reservamos mayormente para los demás, estamos tentados de decir que el espejo es un enemigo artero, despiadado, un compañero de escuela practicador de “bullying”, un dictador genocida, ehhh paráaaaa, bueno, bueno, tanto no, sofrenate Catalina. Ok ok okkk oka sokas asfdsfasfd capaz no un dictador genocida, pero sí un pariente brutalmente sincero. Tal vez una madre castradora o un padre severo, o un hermano mayor con poca paciencia que te anuncia “ahhh, parecés un espantapájaros estrábico recién escapado del frenopático y a punto de sufrir un acv. Y medio con cara de boludo” cuando le preguntás qué tal te queda ese pulóver nuevo.
Sí, estamos convencidos de que el espejo es malvado, conchudo, puto, que practica un “mobbing” vocacional y gratuito con nosotros. “¿Por qué intentas convencerme de la existencia de ese colgajo de carne bajo mi mentón?”, “¿Por qué te gozas en revelarme sin ningún tipo de lisonja protectora –tipo ‘ahora sos más interesante’ o ‘es notorio cómo con la edad fuiste creando una fuerte personalidad’- mi lenta pero inexorable decadencia?”, “¿Por qué tengo esa cara?”
¡Ah! Pero no somos sinceros. Ni siquiera somos mínimamente considerados con nuestro acompañante cotidiano de acicalamientos e higiene bucal. Ni siquiera somos capaces de agradecerle que sea un espejo liso, reflectante, normal, en lugar de un espejo con una grieta de lado a lado y que nos cicatrice a racionjes breves y diarias, omun espejo deformante de feria, enanándonos si es convexo o anorexiándonos si es cóncavo. ¡O uno de esos espejos manchoneados tan de moda en los ascensores de los años setenta, que nos revelan el horrible rostro potencial de una enfermedad cutánea siempre posible! O, ¿por qué no? Un espejo detrás del cual se vieran imágenes infernales, ejércitos de almas en pena atormentadas aullando por piedad, gritando ciegamente el nombre de sus hijos y exhibiendo sin pudor sus llagas purulentas. ¡Imagínense lo que sería afeitarse en esas condiciones!
Pero no es sólo esa normalidad –producto, concedámosle,de características de fábrica y de una manufactura correcta o por lo menos no sobrenatural- lo que debemos agradecerle al espejo; no, el gesto supremo que debemos agradecerle es justamente su ausencia de ubicuidad. El espejo circunscribe su existencia en un pequeño cuadrado del baño, o del asecnsor, o en la superficie de ciertas vidrieras callejeras. Bueno, pensándolo bien, ya es bastante ubicuo, mierda.
¡Pero no está en todos lados! ¡No están las superficies de las calles ta`pizadas de espejos, ni los muros de los edificios, ni están las ciudades recubiertas de una cúpula espejada, no! Hemos logrado mantener a este brutal evaluador domesticado y circunscripto, para someterlo a las siguientes poses:
-La sonrisa impostada de nuestra foto favorita -La mirada irresistible de seductor impenitente -El rostro severo, agresivo, letal, que debsmos sotener antes de una discusión con el vecino sobre los correctos límites de la colocación de la bolsa de basura. -El ángulo adecuado, levemente elevado o tal vez inclinado para ocultar bolsas, arrugas, receptáculos adiposos, sonmbras traicioneras, cabellos que se resisten a quedar en esa posición de 45 grados levemente “sauvage” pero lo suficientemente aceptable en el ambiente oficinesco. -Inserte su “pose de espejo” aquí.
No, hemos tenido la suficiente inteligencia de mantenerlo encerrado y someterlo a nuestras muecas y pretensiones de fotogenismo, y moderar la horrible verdad de que somos eso, no menos que eso ni –horror- más.
Si pudiéramos, intentaríamos obligar al mundo a creer esta farsa de la misma forma en que estafamos al espejo. Si pudiéramos mantener a nuestra familia, amigos, vecinos, jefes y prójimos en general en un cuadradito del botiquin del baño, medio apretujados pero complacientes, mudos, planos y reflectantes, la vida sería mucho más tranquila. ¿He tenido una actitud miserable con un anciano en el colectivo? No importa, exhibiré un rostro noble y diligente otorgador de asientos frente a mi “Universo del Botiquín”.
No faltará mucho para que uno de esos genios informáticos o industriales que parecen nacer a cada minuto invente un espejo interactivo, parlante, ubicuo e imposible de engañar. Por supuesto, contamos con nuestros amigos de la CIA, los caballeros Templarios o los Illuminati para que lo hagan correr la misma suerte que al creador del agua auto-purificable, el auto a mierda o la coca cola extraíble de nuestros forúnculos.
Sí, estamos convencidos de que el espejo es malvado, conchudo, puto, que practica un “mobbing” vocacional y gratuito con nosotros. “¿Por qué intentas convencerme de la existencia de ese colgajo de carne bajo mi mentón?”, “¿Por qué te gozas en revelarme sin ningún tipo de lisonja protectora –tipo ‘ahora sos más interesante’ o ‘es notorio cómo con la edad fuiste creando una fuerte personalidad’- mi lenta pero inexorable decadencia?”, “¿Por qué tengo esa cara?”
¡Ah! Pero no somos sinceros. Ni siquiera somos mínimamente considerados con nuestro acompañante cotidiano de acicalamientos e higiene bucal. Ni siquiera somos capaces de agradecerle que sea un espejo liso, reflectante, normal, en lugar de un espejo con una grieta de lado a lado y que nos cicatrice a racionjes breves y diarias, omun espejo deformante de feria, enanándonos si es convexo o anorexiándonos si es cóncavo. ¡O uno de esos espejos manchoneados tan de moda en los ascensores de los años setenta, que nos revelan el horrible rostro potencial de una enfermedad cutánea siempre posible! O, ¿por qué no? Un espejo detrás del cual se vieran imágenes infernales, ejércitos de almas en pena atormentadas aullando por piedad, gritando ciegamente el nombre de sus hijos y exhibiendo sin pudor sus llagas purulentas. ¡Imagínense lo que sería afeitarse en esas condiciones!
Pero no es sólo esa normalidad –producto, concedámosle,de características de fábrica y de una manufactura correcta o por lo menos no sobrenatural- lo que debemos agradecerle al espejo; no, el gesto supremo que debemos agradecerle es justamente su ausencia de ubicuidad. El espejo circunscribe su existencia en un pequeño cuadrado del baño, o del asecnsor, o en la superficie de ciertas vidrieras callejeras. Bueno, pensándolo bien, ya es bastante ubicuo, mierda.
¡Pero no está en todos lados! ¡No están las superficies de las calles ta`pizadas de espejos, ni los muros de los edificios, ni están las ciudades recubiertas de una cúpula espejada, no! Hemos logrado mantener a este brutal evaluador domesticado y circunscripto, para someterlo a las siguientes poses:
-La sonrisa impostada de nuestra foto favorita -La mirada irresistible de seductor impenitente -El rostro severo, agresivo, letal, que debsmos sotener antes de una discusión con el vecino sobre los correctos límites de la colocación de la bolsa de basura. -El ángulo adecuado, levemente elevado o tal vez inclinado para ocultar bolsas, arrugas, receptáculos adiposos, sonmbras traicioneras, cabellos que se resisten a quedar en esa posición de 45 grados levemente “sauvage” pero lo suficientemente aceptable en el ambiente oficinesco. -Inserte su “pose de espejo” aquí.
No, hemos tenido la suficiente inteligencia de mantenerlo encerrado y someterlo a nuestras muecas y pretensiones de fotogenismo, y moderar la horrible verdad de que somos eso, no menos que eso ni –horror- más.
Si pudiéramos, intentaríamos obligar al mundo a creer esta farsa de la misma forma en que estafamos al espejo. Si pudiéramos mantener a nuestra familia, amigos, vecinos, jefes y prójimos en general en un cuadradito del botiquin del baño, medio apretujados pero complacientes, mudos, planos y reflectantes, la vida sería mucho más tranquila. ¿He tenido una actitud miserable con un anciano en el colectivo? No importa, exhibiré un rostro noble y diligente otorgador de asientos frente a mi “Universo del Botiquín”.
No faltará mucho para que uno de esos genios informáticos o industriales que parecen nacer a cada minuto invente un espejo interactivo, parlante, ubicuo e imposible de engañar. Por supuesto, contamos con nuestros amigos de la CIA, los caballeros Templarios o los Illuminati para que lo hagan correr la misma suerte que al creador del agua auto-purificable, el auto a mierda o la coca cola extraíble de nuestros forúnculos.
miércoles, 3 de julio de 2013
¡PUTEAN PELÍCULA PARA GENERACIÓN DE PLOMOS!
A ver a ver a ver a verga de qué se trata esta porquería, se trata de dos personajes, él es un norteamericano rubio, blanco, culto, escritor. Ella es europea o francesa, no sé, no importa, rubia, blanca, culta, ecologista o algo así. Y ambos se encuentran en ciudades europeas muy limpitas y organizadas y caminan y hablan. Y aparte es de amor. Y con esto no hicieron media, sino tres películas enteras de principio a fin.
No puedo ni siquiera planificar arrancar a hacer la previa para pedir una reunión y hacer un brainstorming para pedir ideas de hacer el proyecto de llevar propuestas de empezar a imaginar la posibilidad de que exista un material menos apasionante, protagonistas más bodrios y repulsivos y un entorno más tilingo. No me cabe en la cabeza a quién se le puede ocurrir que con estos dos universitarios inofensivos se puede despertar algo a alguien que no sea deseos de matar. Es el tipo de personajes que quedan bien en una película de terror para que alguien los mate. Pero no, no los mata nadie. Ni siquiera se agarran una enfermedad, como para hacerse una película de drama humano. No, son dos idiotas instruidos que hablan, dos bombas de insipidez masiva alimentada a lechuga, yogur, bafici, Starbucks, música alternativa y cosas independientes en general. Me los imagino yendo al cine y tomando un café, o reunidos con parejas amigas o leyendo “No Logo” y cosas así de jóvenes universitarios del primer mundo. Abominable. Y todo bien con que existan. Seguramente hasta podría ser amigo de esas personas y conversar y que me cuenten de sus cosas del primer mundo, pero no me las pongas en toooooooooooooooooda una película, no me los pongas a caminar por París hablando, ¿qué más falta? ¿Que vayan a Amsterdam? ¿Que reciclen basura? ¿Que anden en la “Masa crítica”? ¿Que firmen un petitorio de Change.org?
Y escucho que esta es “la historia de amor que marcó a toda una generación”. Ya habla bastante mal de esa generación, que encima seguramente roza de bastante cerca la mía, si se deja marcar con un estilete tan romo y blando, habla mal de su epidermis, aparentemente inmune a los hechos de la vida que a fuer de latigazos nos van endureciendo y marcando, hasta formar aunque sea una mínima caparazón de tres milímetros, necesaria para no actuar como un monstruoso bebé de cuatro décadas que no conoce el mundo. ¿Entonces si esta toda una generación ve “Casablanca” qué le pasa? ¿Grita como un cerdo sacrificado y se le abre el vientre en dos al grito de “¿Qué le pasa a ese hombre? ¿Por qué tiene esas espantosas líneas sobre la frente? ¿Y qué es ese horrible lugar lleno de humo y gente jugando con una extraña rueda con una pelotita saltarina, y donde no aparece un solo container de reciclado de basura, y qué es esa bebida que toman que no parece jugo de zanahoria? ¡Ahhhhh! ¡Mis ojos! ¡Estas actividades pecaminosas lastiman mis ojos!!!”
Y por algún motivo, con este infame jugo de sangre de pato hicieron no una, no dos sino tres películas, lo que ahora hasta los niños de seis años conocen como una “trilogía”, pero una que no está habitada por personas vestidas de murciélago, familas de mafiosos homicidas o enanos que viajan por la montaña, sino por dos rubios universitarios que hablan. ¿Había una necesidad? ¿Había un clamor oculto o un deseo inconsciente del público por saber cómo “cierra” la interminable conversación de dos rubios universitarios que toman café?
Y no, no sé si hace falta que lo aclare, no, mayormente no la vi ni esta ni la otra ni la otra, pero no lo puedo evitar: la sola existencia de esta entidad, y especialmente de gente con deseos de verla, me hace subir la bilis hasta la úvula, amarga mi vida y destruye hasta mis más minúsculas ilusiones respecto del futuro. Pero viste cómo soy yo.
No puedo ni siquiera planificar arrancar a hacer la previa para pedir una reunión y hacer un brainstorming para pedir ideas de hacer el proyecto de llevar propuestas de empezar a imaginar la posibilidad de que exista un material menos apasionante, protagonistas más bodrios y repulsivos y un entorno más tilingo. No me cabe en la cabeza a quién se le puede ocurrir que con estos dos universitarios inofensivos se puede despertar algo a alguien que no sea deseos de matar. Es el tipo de personajes que quedan bien en una película de terror para que alguien los mate. Pero no, no los mata nadie. Ni siquiera se agarran una enfermedad, como para hacerse una película de drama humano. No, son dos idiotas instruidos que hablan, dos bombas de insipidez masiva alimentada a lechuga, yogur, bafici, Starbucks, música alternativa y cosas independientes en general. Me los imagino yendo al cine y tomando un café, o reunidos con parejas amigas o leyendo “No Logo” y cosas así de jóvenes universitarios del primer mundo. Abominable. Y todo bien con que existan. Seguramente hasta podría ser amigo de esas personas y conversar y que me cuenten de sus cosas del primer mundo, pero no me las pongas en toooooooooooooooooda una película, no me los pongas a caminar por París hablando, ¿qué más falta? ¿Que vayan a Amsterdam? ¿Que reciclen basura? ¿Que anden en la “Masa crítica”? ¿Que firmen un petitorio de Change.org?
Y escucho que esta es “la historia de amor que marcó a toda una generación”. Ya habla bastante mal de esa generación, que encima seguramente roza de bastante cerca la mía, si se deja marcar con un estilete tan romo y blando, habla mal de su epidermis, aparentemente inmune a los hechos de la vida que a fuer de latigazos nos van endureciendo y marcando, hasta formar aunque sea una mínima caparazón de tres milímetros, necesaria para no actuar como un monstruoso bebé de cuatro décadas que no conoce el mundo. ¿Entonces si esta toda una generación ve “Casablanca” qué le pasa? ¿Grita como un cerdo sacrificado y se le abre el vientre en dos al grito de “¿Qué le pasa a ese hombre? ¿Por qué tiene esas espantosas líneas sobre la frente? ¿Y qué es ese horrible lugar lleno de humo y gente jugando con una extraña rueda con una pelotita saltarina, y donde no aparece un solo container de reciclado de basura, y qué es esa bebida que toman que no parece jugo de zanahoria? ¡Ahhhhh! ¡Mis ojos! ¡Estas actividades pecaminosas lastiman mis ojos!!!”
Y por algún motivo, con este infame jugo de sangre de pato hicieron no una, no dos sino tres películas, lo que ahora hasta los niños de seis años conocen como una “trilogía”, pero una que no está habitada por personas vestidas de murciélago, familas de mafiosos homicidas o enanos que viajan por la montaña, sino por dos rubios universitarios que hablan. ¿Había una necesidad? ¿Había un clamor oculto o un deseo inconsciente del público por saber cómo “cierra” la interminable conversación de dos rubios universitarios que toman café?
Y no, no sé si hace falta que lo aclare, no, mayormente no la vi ni esta ni la otra ni la otra, pero no lo puedo evitar: la sola existencia de esta entidad, y especialmente de gente con deseos de verla, me hace subir la bilis hasta la úvula, amarga mi vida y destruye hasta mis más minúsculas ilusiones respecto del futuro. Pero viste cómo soy yo.
martes, 21 de mayo de 2013
¡EXPLICAN ELLOS MIS PROBLEMAS CON FACEBOOK! ¡SÍ, TODOS LOS TRES!
Problema 1: “El Patio de Recreo”. Antaño existía algo llamado “Internet”, que era una especie de vasto océano de información, al que uno podía lanzarse y extraviarse entre fotos de gatitos, páginas webs de fabricantes de abocardadoras de caños flexibles y blogs en chino de fetichismo con patas de rana. El “cibernauta”, pomposo término de moda a fines de los ’90, podía rozarse con los rincones más oscuros o incomprensibles del conocimiento humano y salir completamente traumatizado en el intento, o enriquecido tanto espiritual como intelectualmente.
“Facebook”, en cambio, es como un Internet más chiquito. Marcos Zucker, su inventor (a) “El payaso triste”, evidentemente comisionado por la CIA o la masonería o la Liga de Caballeros Templarios, diseñó este programita con un objetivo que parecía semi-inalcanzable: Domesticar Internet. Así, el facebooknauta actual no se “lanza” a nada, sino que le ponen a él cosas en su coso. Es como un Internet con Delivery. Este nuevo individuo va eligiendo a sus delivery boys mediante una mezcla de afecto, afinidad, evaluación de inofensividad y algún Némesis ocasional para darle un poco de sabor (pero no envenenarse demasiado). Némesis que, por cierto, no sirve para enriquecer su mundo con opiniones confrontadas, sino como confirmador por enemistad de sus propias opiniones, como una especie de Alter Ego invertido.
De a poco, entonces, el facebooknauta, ese turista con pretensiones de aventurero internacional, va creando un microcosmos, o auto-diario de Irigoyen, en el que gente que piensa muy parecido a él lo informa de cosas con las que está de acuerdo, carteles con las frases célebres más estúpidas que puedan imaginarse y las infaltables fotos de gatitos. Allí se junta con estos pavotes a dejarse comentarios mutuamente, chistes y ráfagas de algo lejanamente emparentado con el ingenio: Un retroceso tristísimo desde el océano infinito al confortable patio de recreo.
Problema 2: “El Algoritmo de la Estupidez”. Cada quien tiene su propio criterio para juntar a sus “Amigos” de Facebook, y hay tantos criterios como tipos de seres humanos. O sea, dos.
Están quienes son extremadamente selectivos en la consecución de sus amistades e intentan que no superen sus amistades de la vida real, y están quienes juntan amigos como si fueran figuritas; estos últimos se ven enfrentados a un singular problema matemático.
Como bien sabemos, la mayoría de la gente es estúpida. Cuantas más personas entren en contacto con nosotros, entonces más cantidad de personas estúpidas entrarán en nuestra área de influencia. Y a menos que contemos con alguna estafa prefabricada para aprovecharnos de ellos, los estúpidos no suelen ser de gran utilidad. Antes bien, su influencia a través de comentarios y discusiones interminables terminará por bajar entre 10 y 15 puntos nuestro propio coeficiente intelectual.
Podría creerse entonces que una estrategia productiva sería elegir sólo a personas inteligentes. ¿Cómo reconocerlas? Por lo general, no entendemos una puta mierda lo que dicen. Por supuesto, existe la posibilidad de que ellos no nos quieran a nosotros en su muro. Y una vez aceptados, probablemente su compañía cosntante nos haga sentir más estúpidos de lo que somos o ¡peor! TAN estúpidos como somos.
La solución final sería un “mix” adecuado entre gente como nosotros, gente estúpida y gente inteligente. Pero, ¿qué porcentaje de cada cosa necesitamos?
Por eso solicito a esa gente que se dedica a cosas difíciles de números que hagan un algoritmo. ¿No viste que Google y todos esos tipos te arreglan todo con un algoritmo? Bueno, hagan uno y conviértanlo en un botón. ¡Mucha gente pagaría para tenerlo! ¡Sobre todo un montón de amigos míos de Facebook!
Problema 3: “Tiempo Perdido”. Nada, que perdés mucho tiempo. Igual, si no lo perdiera con Facebook lo perdería con otra cosa.
“Facebook”, en cambio, es como un Internet más chiquito. Marcos Zucker, su inventor (a) “El payaso triste”, evidentemente comisionado por la CIA o la masonería o la Liga de Caballeros Templarios, diseñó este programita con un objetivo que parecía semi-inalcanzable: Domesticar Internet. Así, el facebooknauta actual no se “lanza” a nada, sino que le ponen a él cosas en su coso. Es como un Internet con Delivery. Este nuevo individuo va eligiendo a sus delivery boys mediante una mezcla de afecto, afinidad, evaluación de inofensividad y algún Némesis ocasional para darle un poco de sabor (pero no envenenarse demasiado). Némesis que, por cierto, no sirve para enriquecer su mundo con opiniones confrontadas, sino como confirmador por enemistad de sus propias opiniones, como una especie de Alter Ego invertido.
De a poco, entonces, el facebooknauta, ese turista con pretensiones de aventurero internacional, va creando un microcosmos, o auto-diario de Irigoyen, en el que gente que piensa muy parecido a él lo informa de cosas con las que está de acuerdo, carteles con las frases célebres más estúpidas que puedan imaginarse y las infaltables fotos de gatitos. Allí se junta con estos pavotes a dejarse comentarios mutuamente, chistes y ráfagas de algo lejanamente emparentado con el ingenio: Un retroceso tristísimo desde el océano infinito al confortable patio de recreo.
Problema 2: “El Algoritmo de la Estupidez”. Cada quien tiene su propio criterio para juntar a sus “Amigos” de Facebook, y hay tantos criterios como tipos de seres humanos. O sea, dos.
Están quienes son extremadamente selectivos en la consecución de sus amistades e intentan que no superen sus amistades de la vida real, y están quienes juntan amigos como si fueran figuritas; estos últimos se ven enfrentados a un singular problema matemático.
Como bien sabemos, la mayoría de la gente es estúpida. Cuantas más personas entren en contacto con nosotros, entonces más cantidad de personas estúpidas entrarán en nuestra área de influencia. Y a menos que contemos con alguna estafa prefabricada para aprovecharnos de ellos, los estúpidos no suelen ser de gran utilidad. Antes bien, su influencia a través de comentarios y discusiones interminables terminará por bajar entre 10 y 15 puntos nuestro propio coeficiente intelectual.
Podría creerse entonces que una estrategia productiva sería elegir sólo a personas inteligentes. ¿Cómo reconocerlas? Por lo general, no entendemos una puta mierda lo que dicen. Por supuesto, existe la posibilidad de que ellos no nos quieran a nosotros en su muro. Y una vez aceptados, probablemente su compañía cosntante nos haga sentir más estúpidos de lo que somos o ¡peor! TAN estúpidos como somos.
La solución final sería un “mix” adecuado entre gente como nosotros, gente estúpida y gente inteligente. Pero, ¿qué porcentaje de cada cosa necesitamos?
Por eso solicito a esa gente que se dedica a cosas difíciles de números que hagan un algoritmo. ¿No viste que Google y todos esos tipos te arreglan todo con un algoritmo? Bueno, hagan uno y conviértanlo en un botón. ¡Mucha gente pagaría para tenerlo! ¡Sobre todo un montón de amigos míos de Facebook!
Problema 3: “Tiempo Perdido”. Nada, que perdés mucho tiempo. Igual, si no lo perdiera con Facebook lo perdería con otra cosa.
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