Seguramente usted, un día, quiere que le arreglen algo. Antes de continuar, permítame un “interemezzo”: ¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja,ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja!
¡Sí, ja, ja,ja, ja, porque usted, iluso, desavisado, lampiño usted, parece no entender así choque su cráneo diez veces contra el mismo adoquín, que habitamos un Universo donde el Caos es el oden natural y la avería es la regla! ¡Los hombres mueren, los sanos enferman, los continentes derivan y colisonan, las partículas elementales se desarman espontáneamente como juguetes chinos en las manos de un niño, y usted, sin embargo, pretencioso arrogante hijo único de qué te las das usted, reclama desubicadamente que le arreglen el radiador del auto! ¡Como si eso fuera posible! ¡Como si toda intención de arreglamiento no decantara inevitablemente en, por ejemplo:
La avería “ACATÁAAA”: Se trata de una avería o desperfecto (por ejemplo, el auto hace como un “tiki tiki tiki”) que, luego de llevado al especialista de rigor, vuelve prístino y virginal a su deslizamiento silencioso de nave de magnetos habitual (o a su sonido de catramina desechable, pero el habitual, sin “tiki tiki tiki”)… Por unas horas. El feo hocico renegrido de Aquello que No Debería Estar Allí vuelve a asomarse a los pocos rounds, produciendo el insulto escupido por lo bajo contra el deshonesto mercader de la llave inglesa. Pero a las pocas horas, o minutos, o al día siguiente, cuando hemos tomado la firme decisión de atravesar con el coche la cortina metálica del mecánico, el “tiki tiki tiki” desaparece otra vez. Entendemos que el desperfecto, sencillamente, había manifestado su Último Estertor. Y con el alma de vuelta en el cuerpo, mientras rumbeamos a nuestra dirección habitual, el Indeseable contraataca. Y así, la avería asoma y desaparece, un día sí, un día no, jugando con nosotros un diabólico juego mecánico del “Whack-a-mole”, despertando el Super Yo que nos insta a llevar nuestra queja a Don Sosa, para luego esconderse nuevamente y tentarnos con el bienestar de la Negación, hasta que un día, claro, cuando el período de reclamo ha caducado, se instala nuevamente y para siempre.
La Avería “MACONDO”: El especialista, un especialista campechano, re gaucho, nada carero, muy muy macanudo, realiza un arreglo que le permite a la Máquina seguir en funciones, sin necesidad de pedir el firulzio a la casa Central de Chilecito, que tardan un montón y cuesta una fortuna. Y el desperfecto no desaparece, pero convive con nosotros medio atontado. Hace “tiki tiki tiki”, pero muuuucho más bajito. Y no jode demasiado, ¿eh?, no jode demasiado. Se trata de la reparación de los adeptos a la medianía de la tolerancia, de aquellos que practican la convivencia pacífica con los crímenes sin víctima, o con una víctima resistente. Un Amsterdam de las reparaciones, o tal vez un Colonia Vela de las reparaciones, un mundo donde el preso del pueblo es un personaje querido, y los pequeños actos de corrupción de los funcionarios se limitan a pedir un lechón o un favor sexual de la envejecida prostituta de la plaza: un estado de cosas que horroriza a los amantes de la perfección y de cómo se hacen las cosas en Alemania, pero que podría verse como un ejemplo de la paz social tribal, de un mundo pequeño y amigable y cálido y qué macanudo el mecánico cómo me arregló las cosas sin demasiado quilombo hasta que, páfate, el parche cede, la avería se extiende como un cáncer y ahí tengo que recambiar no un firulzio sino media docena. ¡Pero mientras tanto, qué paz, amigos, qué paz!
La Avería “TERMINATOR”: Esta vez, el mecánico ha decidido hacer las cosas bien, cambió firulzios, totoloches y rezampanizó el tribulio, por las dudas. No hay lugar para una nueva avería, quedate tranqui que por cinco años no lo tenés que tocar de nuevo. “Corte Gilligan” a las 24 horas posteriores, con el coche escupiendo “tiki tiki tikis” como si de un cubilete con ruedas se tratase. El mecánico, con la actitud casi ofendida de un prohombre engañado en su buena fe, fulina al aparato con la mirada y vuelve a encarar la reparación, a todo o nada, y cambia fondorios, garganiza el Tripón de Proa, y por las dudas le corbata un totoloche más nuevo todavía. Esta vez el “estado de reparación” dura unas seis horas y monedas. Y esta vez, como es un hombre honesto, el mecánico no permite que le llevemos el auto de nuevo, ya que ya ha dado todo lo que tenía para ofrecer. Nos devolvería la plata, pero nos explica que ya se la gastó.
Comienza un periplo por toda clase de especialistas y taumaturgos, Veteranos del Arreglo, Campeones del Bricolage, Paladines de la Bujía, recomendados por diferentes semi-conocidos y semi-familiares. Cada uno ofrece un diagnóstico diferente y unos esbozos de tarifa que van en aumento geométrico, salpicados con variaciones anómalas en lo que hace a tiempos, ubicaciones geográficas y particularidades de personalidad. Una y otra vez, la avería va dejando un tendal de profesionales, que o bien se rinden (luego de envejecer diez años en quince días) o bien niegan en nuestra cara la persistencia de la avería, con explicaciones que van del galimatías incomprensible a la llana fábula. “Terminator”, por supuesto, continúa allí PARA SIEMPRE, aunque intermediado por breves períodos de arreglamiento por un nuevo especialista. ¿Desea ud. un consejo? Disfrútelos.
Nota: Este fenómeno se usa mucho en el tema calefones. Si escucha las palabras “termocupla” o “electroválvula”, sepa que está en problemas gravísimos.
La avería “CONCEPTUAL”: Es, sencillamente, la avería que se trasmuta en otra. El mecánico arregla el “tiki tiki tiki”, pero al hacerlo, desacomoda algo en el equilibrio del Universo, y entonces el auto empieza a hacer “broco broco broco”. O pierde agua el bidón, o se parte el burro de arranque, o se trula el condensador de flujo. Técnicamente, el especialista arregló el cosito, pero, también técnicamente, en la Gran Arquitectura de las Cosas, no arregló un carajo, porque sigue existiendo una avería. Es como si la avería de su auto fuera algo más conceptual que particular. No importa tanto la avería en sí, como que el artefacto mantenga un número estable de averías. Y eso si tiene suerte, porque lo normal, en este Universo donde el Caos etc. etc. etc. es que las averías se acumulen y multipliquen y pueblen la Tierra. ¿Tiene una sola avería? ¡Ahhhhh bueeee, qué Duque!!! El único problema que le veo a este fenómeno es que el mecánico te cobra por avería particular, no por avería conceptual, así que si ud. le va con “Don Girólamo, se lo traigo de nuevo porque la avería conceptual sigue y ahora en lugar de tener la dirección floja pierde aceite, esto no me lo cobra, ¿no?” es muy probable que se muestre del todo de acuerdo. Viste cómo es esta gente.
La Avería “POSTRAUMÁTICA”: A veces algún especialista da con la clave de una “Terminator” y, suenen trompetas, efectivamente la arregla. Sí. El “Tiki tiki tiki”, fetivamete, no está más. O eso parece. Daría la impresión de que no. No sé. Qué se yo. Porque pasan los días y el sonido o la percepción del desperfecto resuenan en su cabeza, o en la forma que se mueve el volante, o en cierta calidad desprolija de cómo hace el motor, o la electrovávula, o el color violeta del monitor o la lentitud (difícil de precisar) del procesador. O sea, anda mejor que antes, pero no anda del todo bien, no me acuerdo cómo andaba antes, pero creo que no era así o no debería o debiese andar así y si debiese andar así es una REVERENDA CAGAAADAAAA. Pero no, me parece, me parece nada más. ¿Ahí? ¿Escuchaste eso? Ud. buscará consenso en seres queridos o desconocidos, a horas intempestivas y en lugares impensados, porque luego de haberlo pasado tan mal con la perenne avería, tiembla, sueña y se derrumba con la idea de su regreso. Es más una “sensación” de avería que una avería en sí, pero por otra parte, no sé. Me parece que no es así. O debería andar así esto. Algo pasa, che, algo pasa.
Nota: No lo quiero alarmar, pero existe la posibilidad, algo inquietante, de que esta sea una variante de la “Avería Conceptual”, y que en este caso, la avería se haya trasladado a su cabeza. Lo lamento.
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miércoles, 17 de septiembre de 2014
jueves, 4 de abril de 2013
¡EXPLICAN LAS 7 PRINCIPALES FORMAS DE HACER MIERDA!
Si ud. quiere hacer mierda, cosa que no está puesta en duda bajo ningún concepto, es bueno que sepa a qué tipo de Escuela de hacer Mierda debe adscribirse. No sólo podrá seguir el ejemplo de los grandes hacedores de mierda, sino que a la hora de los reproches podrá compartir su oprobio con otros colegas y referentes, al mantra de “Sí, ya sé, una cagada, pero viste lo que hizo (colocar nombre)?”
A continuación, una breve clasificación de las formas de hacer mierda más difundidas:
“FENICIO DEL TORO”: ¿Viste ese juego psicopático donde te preguntan por cuánta guita harías tal o cual indignidad, y que en algún momento uno dice “bueno, bueno, sí, por “X pesos” lo hago”. A Fenicio, conocido también como “El Profesional”, ¡esto le pasa en la vida real! TODO EL TIEMPO. ¿Y qué opción le queda al pobre? Hacer mierda, pero no es del todo la culpa de él. ¡La hace porque le pagan! No sólo eso, le pagan un montón, así que peor. Porque una cosa es hacer mierda por dos mangos y otra hacerla por varios millones de dólares. Fijate que tan mal no está, que cuando a la gente le decís que tal mierda costó no sé cuántos millones de pesos, enseguida mueve la cabeza como diciendo “y, bueno, por algo habrá costado tanto”.
Trabaja de: Director de cine, publicitario, diputado, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Fenicio del Toro se consuela de la gran amargura que le produce trabajar de hacer mierda mediante viajes al Caribe, masajes impartidos por gemelas tailandesas, cochazos, etc.
Sus enemigos: Cineastas independientes, poetas, activistas de izquierda y otros fracasados.
EL PRESTIGIÓFAGO: Es una variante de Fenicio del Toro, sólo que hace mierda no porque le paguen en dinero contante y sonante, sino a cambio de alguna variante degenerada del prestigio: El aplauso de minitas alternativas, el aplauso de la crítica, el aplauso de sus amigos de Facebook, el aplauso de su familia. Así que repite, imita o copia algunos clichés que andan dando vueltas en esa sub-farándula hecha de teatro off, graffitis, cultura de Internet y exposiciones en bares de Palermo, y hace mierdas de otro tipo de consistencia y color, pero que suelen tener éxito en determinados estamentos. Curiosamente, no sólo no es considerado el rastrero mercenario que es sino que el hecho de que sus objetivos prioricen la admiración de las “Minitas” le otorga cierta aureola de nobleza y romanticismo.
Trabaja de: Cineasta independiente, poeta, activista de izquierda, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: El “Prestigio” antes mencionado, y una conciencia tranquila a base de una dosis diaria de auto-engaño.
Sus enemigos: Ex “Prestigiófagos” convertidos en profesionales de medio pelo, novios de minitas.
“EL ABARCADOR”: Este simpático personaje, si por “simpático” entendemos a alguien que da un poco de lástima, hace mierda por una cuestión de dispersión. Sus obligaciones económicas o tal vez un furor laboral producto de una personalidad compulsiva, lo subdividen en una docena de proyectos, trabajos, changas y favores profesionales simultáneos. Con la consecuencia inevitable de que de vez en cuando –o permanentemente- alguno o la totalidad de sus obras apestan. Suele consolarse con la excusa de que a falta de calidad, la cantidad pesa. El Abarcador no tiene el menor escrúpulo en preentar una bazofia siempre que la entregue a tiempo, y se ríe con una mezcla de ironía, amargura y cólera de aquellos mantequitas que sólo hacen una cosa por vez, y tal vez una al año. Para el Abarcador, si no terminaste 45 “cosas” en 17 días, tu dignidad como ser humano debe ser puesta en duda y luego negada y aplastada a mazazos.
Trabaja de: Periodista, arquitecto, músico sesionista, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Llegar a fin de mes.
Sus enemigos: Otros Abarcadores, que compiten con él en la cruel lucha por la supervivencia.
EL QUESO: El Queso representa la forma más básica y primitiva de hacer mierda. Es un ser primitivo, una fuerza de la naturaleza, una criatura primigenia. Se trata, en resumidas cuentas, de un tipo que hace mierda porque es malo. No malo de hacerle daño a la gente o clavarle un cuchillito en el hombro, es malo de incompetente, que es peor. Escribe con faltas de ortografía, le sale chueca la columna, mete gol en contra, le entra el micrófono en la escena o divide en lugar de multiplicar. Todo lo que hace es una catástrofe. Es tonto, estúpido, inoperante, no hay ni por dónde empezar a criticarlo o cagarlo a trompadas. En los casos más graves no es capaz de mejorar ni con la experiencia, ni con ayuda profesional ni con un presupuesto de millones de pesos. Arrastrará inexorablemente a todos aquellos que lo acompañen a una zanja y al fracaso más absoluto. Un peligro.
Trabaja de: Cantautor, actor, jugador de fútbol, columnista, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Si es lo suficientemente malo, su obra puede llegar a ser considerada “de culto”.
Sus enemigos: La Raza Humana.
El “QUESO ROQUEFORT”: El Queso Roquefort es uno de los casos más interesantes de este gremio, un ejemplo de los niveles de perversidad a los que puede llegar el alma humana. No se puede decir que no tenga talento. Ha estudiado su materia, domina más que correctamente las técnicas necesarias para llegar a la excelencia e incluso supera en habilidad de muchos admirables colegas. Sin embargo, no tiene el menor sentido del gusto. Todo lo que hace está construido y diseñado a la perfección, pero es horrible. En serio, horrible. Utiliza, en suma, sus enormes capacidades y conocimientos para hacer mierda, una mierda que además será poderosísima. Es el Lex Luthor de la obra humana. Lo peor es que no hay forma de explicarle que su indudable profesionalismo no sirve para nada y que no se le puede enseñar a tener criterio. Lo más jodido: Son más numerosos de lo que creemos.
Trabaja de: Aerosografista, tocador de solos de guitarra eléctrica, crítico de cine, diseñador industrial, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: El jodidísimo insulto “Técnicamente Impecable”.
Sus enemigos: Artistas “underground”, vanguardistas y cultores del autodidactismo. Y la Raza Humana.
EL PETÓMANO: Suele decirse que después de alcanzado cierto nivel de éxito y popularidad , determinados profesionales “se tiran un pedo y la gente los aplaude”. Ante la falta de resistencia de su público, entonces, dedican el resto de sus carreras a tirarse pedos, ganándose el beneplácito universal sin necesidad de grandes esfuerzos. Cada movimiento de ceja que hace es considerado una obra maestra; cada carraspeo casual es calificado de nuevo triunfo artístico. En ocasiones podemos hacer la vista gorda ante su mierda actual en mérito de un pasado de gloria; en otras, su pasado tampoco era para tanto, y si el “período de mierda” se extiende más que el “período de no mierda”, es probable que le cobremos cierta inquina.
Trabaja de: Comediante, estrella de rock, locutor de radio, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Una anticipada vejez tranquila haciendo la plancha
Sus enemigos: Los amantes de las cositas alternativas, que lo odian ante su primer éxito.
“CINCO P’ÁL PESO”: En este caso particular, casi podríamos decir que hace mierda por motivos nobles: Intentando no estancarse o repetirse, el “Cinco p’al peso” decide realizar una obra que está por completo fuera de sus capacidades. Y, con toda lógica, le sale para el culo. Es una especie de David contra Goliath, siendo él mismo David y Goliath la basura que acaba de acometer, sólo que en este caso, Goliath se deshace de la piedrita como si fuera una pelusa y luego lo aplasta con su sandalia y lo cubre de oprobio y vergüenza. La gaffe puede ser hasta interesante en el caso de cineastas o escritores, pero sumamente reprobable en el caso de ingenieros o cardiocirujanos. En los casos en que no haya muerto nadie, intentemos no ser muy duros con “Cinco p’al Peso”, ya que otros intentos similares suelen llegar a buen puerto. Y porque si le va muy mal, el tipo se inscribe en el gremio petómano y los perdemos para siempre. ¡Canto tus alabanzas, Cinco p’al peso! ¡Lo importante es competir!
Trabaja de: Multiinstrumentista, director de cine viejo, pintor de caballete, basquetbolista millonario, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Una agradable sensación de excitación y “stress bueno” mientras dura el experimento.
Sus enemigos: Luego del estrepitoso fracaso, sus socios, inversores, y probablemente él mismo.
Por supuesto, no se agotan aquí las opciones, ya que todos los días se inventan nuevas y creativas formas de hacer mierda. ¡Usted mismo seguramente está incubando una nueva en este momento!
A continuación, una breve clasificación de las formas de hacer mierda más difundidas:
“FENICIO DEL TORO”: ¿Viste ese juego psicopático donde te preguntan por cuánta guita harías tal o cual indignidad, y que en algún momento uno dice “bueno, bueno, sí, por “X pesos” lo hago”. A Fenicio, conocido también como “El Profesional”, ¡esto le pasa en la vida real! TODO EL TIEMPO. ¿Y qué opción le queda al pobre? Hacer mierda, pero no es del todo la culpa de él. ¡La hace porque le pagan! No sólo eso, le pagan un montón, así que peor. Porque una cosa es hacer mierda por dos mangos y otra hacerla por varios millones de dólares. Fijate que tan mal no está, que cuando a la gente le decís que tal mierda costó no sé cuántos millones de pesos, enseguida mueve la cabeza como diciendo “y, bueno, por algo habrá costado tanto”.
Trabaja de: Director de cine, publicitario, diputado, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Fenicio del Toro se consuela de la gran amargura que le produce trabajar de hacer mierda mediante viajes al Caribe, masajes impartidos por gemelas tailandesas, cochazos, etc.
Sus enemigos: Cineastas independientes, poetas, activistas de izquierda y otros fracasados.
EL PRESTIGIÓFAGO: Es una variante de Fenicio del Toro, sólo que hace mierda no porque le paguen en dinero contante y sonante, sino a cambio de alguna variante degenerada del prestigio: El aplauso de minitas alternativas, el aplauso de la crítica, el aplauso de sus amigos de Facebook, el aplauso de su familia. Así que repite, imita o copia algunos clichés que andan dando vueltas en esa sub-farándula hecha de teatro off, graffitis, cultura de Internet y exposiciones en bares de Palermo, y hace mierdas de otro tipo de consistencia y color, pero que suelen tener éxito en determinados estamentos. Curiosamente, no sólo no es considerado el rastrero mercenario que es sino que el hecho de que sus objetivos prioricen la admiración de las “Minitas” le otorga cierta aureola de nobleza y romanticismo.
Trabaja de: Cineasta independiente, poeta, activista de izquierda, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: El “Prestigio” antes mencionado, y una conciencia tranquila a base de una dosis diaria de auto-engaño.
Sus enemigos: Ex “Prestigiófagos” convertidos en profesionales de medio pelo, novios de minitas.
“EL ABARCADOR”: Este simpático personaje, si por “simpático” entendemos a alguien que da un poco de lástima, hace mierda por una cuestión de dispersión. Sus obligaciones económicas o tal vez un furor laboral producto de una personalidad compulsiva, lo subdividen en una docena de proyectos, trabajos, changas y favores profesionales simultáneos. Con la consecuencia inevitable de que de vez en cuando –o permanentemente- alguno o la totalidad de sus obras apestan. Suele consolarse con la excusa de que a falta de calidad, la cantidad pesa. El Abarcador no tiene el menor escrúpulo en preentar una bazofia siempre que la entregue a tiempo, y se ríe con una mezcla de ironía, amargura y cólera de aquellos mantequitas que sólo hacen una cosa por vez, y tal vez una al año. Para el Abarcador, si no terminaste 45 “cosas” en 17 días, tu dignidad como ser humano debe ser puesta en duda y luego negada y aplastada a mazazos.
Trabaja de: Periodista, arquitecto, músico sesionista, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Llegar a fin de mes.
Sus enemigos: Otros Abarcadores, que compiten con él en la cruel lucha por la supervivencia.
EL QUESO: El Queso representa la forma más básica y primitiva de hacer mierda. Es un ser primitivo, una fuerza de la naturaleza, una criatura primigenia. Se trata, en resumidas cuentas, de un tipo que hace mierda porque es malo. No malo de hacerle daño a la gente o clavarle un cuchillito en el hombro, es malo de incompetente, que es peor. Escribe con faltas de ortografía, le sale chueca la columna, mete gol en contra, le entra el micrófono en la escena o divide en lugar de multiplicar. Todo lo que hace es una catástrofe. Es tonto, estúpido, inoperante, no hay ni por dónde empezar a criticarlo o cagarlo a trompadas. En los casos más graves no es capaz de mejorar ni con la experiencia, ni con ayuda profesional ni con un presupuesto de millones de pesos. Arrastrará inexorablemente a todos aquellos que lo acompañen a una zanja y al fracaso más absoluto. Un peligro.
Trabaja de: Cantautor, actor, jugador de fútbol, columnista, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Si es lo suficientemente malo, su obra puede llegar a ser considerada “de culto”.
Sus enemigos: La Raza Humana.
El “QUESO ROQUEFORT”: El Queso Roquefort es uno de los casos más interesantes de este gremio, un ejemplo de los niveles de perversidad a los que puede llegar el alma humana. No se puede decir que no tenga talento. Ha estudiado su materia, domina más que correctamente las técnicas necesarias para llegar a la excelencia e incluso supera en habilidad de muchos admirables colegas. Sin embargo, no tiene el menor sentido del gusto. Todo lo que hace está construido y diseñado a la perfección, pero es horrible. En serio, horrible. Utiliza, en suma, sus enormes capacidades y conocimientos para hacer mierda, una mierda que además será poderosísima. Es el Lex Luthor de la obra humana. Lo peor es que no hay forma de explicarle que su indudable profesionalismo no sirve para nada y que no se le puede enseñar a tener criterio. Lo más jodido: Son más numerosos de lo que creemos.
Trabaja de: Aerosografista, tocador de solos de guitarra eléctrica, crítico de cine, diseñador industrial, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: El jodidísimo insulto “Técnicamente Impecable”.
Sus enemigos: Artistas “underground”, vanguardistas y cultores del autodidactismo. Y la Raza Humana.
EL PETÓMANO: Suele decirse que después de alcanzado cierto nivel de éxito y popularidad , determinados profesionales “se tiran un pedo y la gente los aplaude”. Ante la falta de resistencia de su público, entonces, dedican el resto de sus carreras a tirarse pedos, ganándose el beneplácito universal sin necesidad de grandes esfuerzos. Cada movimiento de ceja que hace es considerado una obra maestra; cada carraspeo casual es calificado de nuevo triunfo artístico. En ocasiones podemos hacer la vista gorda ante su mierda actual en mérito de un pasado de gloria; en otras, su pasado tampoco era para tanto, y si el “período de mierda” se extiende más que el “período de no mierda”, es probable que le cobremos cierta inquina.
Trabaja de: Comediante, estrella de rock, locutor de radio, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Una anticipada vejez tranquila haciendo la plancha
Sus enemigos: Los amantes de las cositas alternativas, que lo odian ante su primer éxito.
“CINCO P’ÁL PESO”: En este caso particular, casi podríamos decir que hace mierda por motivos nobles: Intentando no estancarse o repetirse, el “Cinco p’al peso” decide realizar una obra que está por completo fuera de sus capacidades. Y, con toda lógica, le sale para el culo. Es una especie de David contra Goliath, siendo él mismo David y Goliath la basura que acaba de acometer, sólo que en este caso, Goliath se deshace de la piedrita como si fuera una pelusa y luego lo aplasta con su sandalia y lo cubre de oprobio y vergüenza. La gaffe puede ser hasta interesante en el caso de cineastas o escritores, pero sumamente reprobable en el caso de ingenieros o cardiocirujanos. En los casos en que no haya muerto nadie, intentemos no ser muy duros con “Cinco p’al Peso”, ya que otros intentos similares suelen llegar a buen puerto. Y porque si le va muy mal, el tipo se inscribe en el gremio petómano y los perdemos para siempre. ¡Canto tus alabanzas, Cinco p’al peso! ¡Lo importante es competir!
Trabaja de: Multiinstrumentista, director de cine viejo, pintor de caballete, basquetbolista millonario, bloguero, humorista gráfico.
El “Pay off”: Una agradable sensación de excitación y “stress bueno” mientras dura el experimento.
Sus enemigos: Luego del estrepitoso fracaso, sus socios, inversores, y probablemente él mismo.
Por supuesto, no se agotan aquí las opciones, ya que todos los días se inventan nuevas y creativas formas de hacer mierda. ¡Usted mismo seguramente está incubando una nueva en este momento!
sábado, 22 de diciembre de 2012
¡REMPUJAMIENTO DE RELATOS ORALES: LA GUÍA!
El buen rempujador de historias –que es un tipo que va por ahí escuchando relatos, anécdotas o películas narradas en casas particulares, viajes en colectivo y mesas de café, y cuando alguien se atranca o se pierde o hace cagadas, interviene: “Permiso, medio que te perdiste. Permitime, entonces, cuando el médico le dijo lo de la operación, ¿qué hizo tu abuelo? Listo, retomá de ahí y seguí tranquilo”, y después se sienta a un par de metros, en actitud de “ustedes hagan como que no estoy”, pero con cierta actitud corporal amenazadora, para evitar recaídas- debe conocer, para una correcta ejecución de su trabajo, las principales falencias de narración del hombre del común.
Serían estas:
“EL CAMPO MINADO”: Es una maniobra engañosa. El narrador capaz que arranca bien la anécdota, bien el planteo, presenta rápidamente a los protagonistas (“El ‘Chiche’ Sosa era un peluquero de allá de mi pueblo”), pero después se empieza a dispersar. Y la historia del “Chiche” Sosa deriva en el padre del tipo, que envasaba vizcacha en escabeche, y de ahí al problema de los caballos que se mancaban en las vizcacheras, y de ahí –no sabemos cómo- a la historia de un primo lejano que había peleado junto a Garibaldi. Y la historia se empieza a deshilachar en cuatro o cinco historias, que a su vez quedan abiertas. Y el narrador no llega ni siquiera a la parte del medio, y el escucha se desespera, porque para enterarse –aunque sea- del desenlace de la primera historia, corre el riesgo de tener que volver a pasar por las cuatro o cinco historias inconclusas que quedaron desperdigadas. Y ahí ya olvidate de llegar al médico a tiempo.
Los candidatos: Por lo general ancianos, con la memoria de corto plazo agotada o personas con gran capacidad de dispersión.
La Frase Recurrente: (Levemente angustiado) "...¿pero qué te estaba contando?”
La Labor del Rempujador: Rempuje mediante recordatorios periódicos y constantes (con el sistema del “Me decías”: “Me decías que el Chiche era medio picaflor”… “La maestra, me decías qué le dijo la maestra”… “Perón, me decías lo de Perón, lo que había hecho Perón, te acordás, abuelo, me contabas lo de Perón”)
“LA CARRETA FÚNEBRE”: A diferencia de “El Campo Minado”, que se desdibuja pero por lo menos empieza con ganas, los usuarios de esta maniobra no arrancan nunca. Para peor, el entre de la historia suele ser un dato incompleto pero angustiante, como para crear un intolerable “suspense”. A la Tía Aflicciones, por ejemplo, le preguntás –con cero entusiasmo- “¿Cómo va todo, Tía?” y ahí dice: “Y… Vos sabés… la nena”. Y vos decís con un hilo de voz, con un repentino falsete (suponiendo que se trataba de tu sobrinita más pequeña) “Qué… ¿Qué pasó?”. “Y, viste, vos viste viste lo que hizo el padre de la nena…” o “Vos viste lo que es la escuela de la nena…” o “Vos viste la enfermedad de la hermana de la compañera de trabajo de la madre de la nena…”, así hasta enganchar una desgracia ajena con otra desgracia ajena, paseándote por la horrenda situación social del conurbano o el cáncer fulminante de páncreas de una compañera de trabajo de la madre de la nena, que encima dejaba cuatro hijos no mayores de cinco años, y yo no sé en qué puede terminar esto (suspiro). Todo muuuuuy lento y exasperante y espantoso. Finalmente, resultaba que la nena había tenido gripe. Gripe. Tres días, 37 de fiebre, no, ya está bien, hoy volvió a la escuela, ¿por? Mientras tanto, envejecimos diez años.
Los candidatos: Suegras, tías, vecinas, señoras mayores y depresivas, llenas hasta el tope de maldad reprimida, que se gozan en el relato de desgracias y la impaciencia angustiada del oyente.
La frase recurrente: “Y para peor…”
La Labor del Rempujador: Rempujamiento impaciente mediante el recurso del “Bueno, bueno”: “Bueno bueno, pero la nena, la nena, ¿qué le pasó a la nena?” O tal vez: “Bueno, bueno, pero la nena está bien? ¿Está bien la nena?” O más directamente: “Bueno, bueno, ¡pero avanzá, tía, sos una carreta!!! ¿QUÉ ONDA CON LA NENA???”
EL “MEJOR IMPOSIBLE”: Maniobra titulada así en homenaje a aquella película en la que Jack Nicholson hacía de obsesivo compulsivo. Los “Mejor Imposible” tienden a obsesionarse por un detalle pelotudísimo de la historia al que vuelven una y otra vez. Por ejemplo, el acuciante problema de “quién estaba”: Estaba el Tute, Marquitos y el Pardo. No, pará, miento, miento, el Pardo no estaba. Estaba Mingo. ¿Estaba? No, miento, estaban Mingo, Rolo y el Tute. No, no puede ser, porque el Tute en ese momento estaba en Alemania visitando a los tíos. Así que el que estaba era el hermano, Romeo. No, pará, miento, miento, si el hermano del Tute ya había fallecido. ¿Quién era el que estaba entonces?
Clint Eastwood, luego de fracasar varias veces en la filmación de una escena donde debía aparecer un carro en llamas que entraba en un granero, optó por eliminarla, aclarando “Después de todo la película no se trata de un carro en llamas que entra en un granero”. Los Mejor Imposible no tienen la sabiduría de Clint Eastwood; No saben “de qué trata la película”. Creen que la película se trata de quién estaba.
Los candidatos: Cincuentones que nos cruzamos casualmente, tíos a los que vemos en un velorio, vecinos jubilados, taxistas comunicativos o plomeros de esos que tienen mucho para decir.
La frase recurrente: “No, pará. Miento, miento”
La Labor del Rempujador: Órdenes directas envueltas en furia, mediante la maniobra “Contá lo que pasó”: “¡Y a mí qué carajo me importa quién estaba! ¡Contá lo del perro, qué pasó con el perro, lo encontraron o no lo encontraron al perro!”
EL “PROPAGANDA DE MASTER CARD”: Este ejemplar, como un hábil creativo publicitario, te cuenta una cosa pero para contarte, en forma subliminal o traicionera (es lo mismo) un mensaje completamente diferente. Por ejemplo, te cuenta que se encontró con Víctor, te acordás de Víctor, el que tocaba el teclado con Los Apaches, ahhhh, sí, me acuerdo, pobre infeliz, y qué es de la vida de Víctor. Bueno. Y lo que vendría acá, que sería la anécdota o meollo del encuentro con Víctor, el apasionante “nudo” y el desgarrador “desenlace” consiste en apenas dos o tres datos laborales y domiciliarios y completamente faltos de interés; por ejemplo “Bien, anda bien, está arreglando CPUs y vive en Ranelagh”. O “Bien, bien, consiguió una beca en el Conicet y vive en Parque Patricios”. O, si querés ponerle mucha emoción: “Bien, ahí anda, está trabajando de payaso asesino en un Laberinto del Terror y vive en la Luna”. Y luego, sin avisar ni nada, pasa a lo realmente importante: “Sabés… Yo hace un par de años me cogí a la novia de Víctor”. O sea, al tipo le importa una goma contarte que se encontró con Víctor, o que trabaja de payaso asesino. Su intención, desde el principio, ha sido revelarte que se benefició a su novia, cosa que le parece un triunfo sobrecogedor digno de ser cantado por trovadores. Como historia, una estafa.
Los candidatos: Amigos de larga data o compañeros de oficina muy cancheros y sexualmente inseguros.
La frase recurrente: ¿Viste la minita esa? Bueno… (levantada de ceja y silencio elocuente)”
La Labor del Rempujador: El “rempuje al revés”, ignorando por completo la parte del triunfo sexual, con un “Pero pará, y Víctor, ¿qué más te contó? ¿Sigue tocando? Un tipazo, Víctor” (para gran desazón del Propaganda).
EL “PULP FICTION”: El recurso del relato desordenado hay que dejárselo a los profesionales. El narrador medio, más aún en el género relato oral no debería andar mezclando los tiempos, porque el relato oral se escucha con una oreja sí y con la otra puesta en el agua que no hierva o en que el crío no se tire por el balcón. ¡No! A mí contame la película ordenadita, querido. Sin embargo, muchos narradores orales, envueltos en la ansiedad y la prisa parecen darle poca importancia a este principio, y lo emparchan mediante el “porque antes”: “Ah, pará, porque antes habíamos tenido que pasar por lo de Pachu a buscarla a Ferchu para ir a lo de Chechu. Entonces estábamos en el 152, ah, pará, porque antes fuimos al Alto Palermo comprar el regalo de Gabu” y es todo un Caos narrativo insostenible y enloquecedor. Encima cuando pedís alguna precisión se te enojan: “No, no, PRIMERO me bocharon en lengua y DESPUÉS tuve que jugar la final de hockey, ay, tío, no tendés nadannn”. Y, no, no entiendo nada porque lo estás contando para el culo.
Los candidatos: Sobrinos o hijos de amigos, niños, preadolescentes y adolescentes llenos de vida y entusiasmo e incompetencia oral.
La frase recurrente: “Ah, pará, porque antes”
La Labor del Rempujador: Rempujamiento reconstructivo, cada diez segundos de relato, mediante la técnica del “Entonces”: “Entonces: Vos estabas en lo de tu primo y de ahí es que se fueron al Parque de la Costa, donde vomitaste el guiso de lentejas”. O “Entonces, en el colectivo fue que a tu amiga se le rompió el jean y ahí bajaron a lo de la prima a ver si le prestaba algo, pero vos no podías entrar porque a la prima le... ¿O venían de lo de la prima?”
Mediante el reconocimiento de estos desastres orales, el buen rempujador podrá llevar a cabo su tarea con eficiencia, para confort y tranquilidad del público.
Serían estas:
“EL CAMPO MINADO”: Es una maniobra engañosa. El narrador capaz que arranca bien la anécdota, bien el planteo, presenta rápidamente a los protagonistas (“El ‘Chiche’ Sosa era un peluquero de allá de mi pueblo”), pero después se empieza a dispersar. Y la historia del “Chiche” Sosa deriva en el padre del tipo, que envasaba vizcacha en escabeche, y de ahí al problema de los caballos que se mancaban en las vizcacheras, y de ahí –no sabemos cómo- a la historia de un primo lejano que había peleado junto a Garibaldi. Y la historia se empieza a deshilachar en cuatro o cinco historias, que a su vez quedan abiertas. Y el narrador no llega ni siquiera a la parte del medio, y el escucha se desespera, porque para enterarse –aunque sea- del desenlace de la primera historia, corre el riesgo de tener que volver a pasar por las cuatro o cinco historias inconclusas que quedaron desperdigadas. Y ahí ya olvidate de llegar al médico a tiempo.
Los candidatos: Por lo general ancianos, con la memoria de corto plazo agotada o personas con gran capacidad de dispersión.
La Frase Recurrente: (Levemente angustiado) "...¿pero qué te estaba contando?”
La Labor del Rempujador: Rempuje mediante recordatorios periódicos y constantes (con el sistema del “Me decías”: “Me decías que el Chiche era medio picaflor”… “La maestra, me decías qué le dijo la maestra”… “Perón, me decías lo de Perón, lo que había hecho Perón, te acordás, abuelo, me contabas lo de Perón”)
“LA CARRETA FÚNEBRE”: A diferencia de “El Campo Minado”, que se desdibuja pero por lo menos empieza con ganas, los usuarios de esta maniobra no arrancan nunca. Para peor, el entre de la historia suele ser un dato incompleto pero angustiante, como para crear un intolerable “suspense”. A la Tía Aflicciones, por ejemplo, le preguntás –con cero entusiasmo- “¿Cómo va todo, Tía?” y ahí dice: “Y… Vos sabés… la nena”. Y vos decís con un hilo de voz, con un repentino falsete (suponiendo que se trataba de tu sobrinita más pequeña) “Qué… ¿Qué pasó?”. “Y, viste, vos viste viste lo que hizo el padre de la nena…” o “Vos viste lo que es la escuela de la nena…” o “Vos viste la enfermedad de la hermana de la compañera de trabajo de la madre de la nena…”, así hasta enganchar una desgracia ajena con otra desgracia ajena, paseándote por la horrenda situación social del conurbano o el cáncer fulminante de páncreas de una compañera de trabajo de la madre de la nena, que encima dejaba cuatro hijos no mayores de cinco años, y yo no sé en qué puede terminar esto (suspiro). Todo muuuuuy lento y exasperante y espantoso. Finalmente, resultaba que la nena había tenido gripe. Gripe. Tres días, 37 de fiebre, no, ya está bien, hoy volvió a la escuela, ¿por? Mientras tanto, envejecimos diez años.
Los candidatos: Suegras, tías, vecinas, señoras mayores y depresivas, llenas hasta el tope de maldad reprimida, que se gozan en el relato de desgracias y la impaciencia angustiada del oyente.
La frase recurrente: “Y para peor…”
La Labor del Rempujador: Rempujamiento impaciente mediante el recurso del “Bueno, bueno”: “Bueno bueno, pero la nena, la nena, ¿qué le pasó a la nena?” O tal vez: “Bueno, bueno, pero la nena está bien? ¿Está bien la nena?” O más directamente: “Bueno, bueno, ¡pero avanzá, tía, sos una carreta!!! ¿QUÉ ONDA CON LA NENA???”
EL “MEJOR IMPOSIBLE”: Maniobra titulada así en homenaje a aquella película en la que Jack Nicholson hacía de obsesivo compulsivo. Los “Mejor Imposible” tienden a obsesionarse por un detalle pelotudísimo de la historia al que vuelven una y otra vez. Por ejemplo, el acuciante problema de “quién estaba”: Estaba el Tute, Marquitos y el Pardo. No, pará, miento, miento, el Pardo no estaba. Estaba Mingo. ¿Estaba? No, miento, estaban Mingo, Rolo y el Tute. No, no puede ser, porque el Tute en ese momento estaba en Alemania visitando a los tíos. Así que el que estaba era el hermano, Romeo. No, pará, miento, miento, si el hermano del Tute ya había fallecido. ¿Quién era el que estaba entonces?
Clint Eastwood, luego de fracasar varias veces en la filmación de una escena donde debía aparecer un carro en llamas que entraba en un granero, optó por eliminarla, aclarando “Después de todo la película no se trata de un carro en llamas que entra en un granero”. Los Mejor Imposible no tienen la sabiduría de Clint Eastwood; No saben “de qué trata la película”. Creen que la película se trata de quién estaba.
Los candidatos: Cincuentones que nos cruzamos casualmente, tíos a los que vemos en un velorio, vecinos jubilados, taxistas comunicativos o plomeros de esos que tienen mucho para decir.
La frase recurrente: “No, pará. Miento, miento”
La Labor del Rempujador: Órdenes directas envueltas en furia, mediante la maniobra “Contá lo que pasó”: “¡Y a mí qué carajo me importa quién estaba! ¡Contá lo del perro, qué pasó con el perro, lo encontraron o no lo encontraron al perro!”
EL “PROPAGANDA DE MASTER CARD”: Este ejemplar, como un hábil creativo publicitario, te cuenta una cosa pero para contarte, en forma subliminal o traicionera (es lo mismo) un mensaje completamente diferente. Por ejemplo, te cuenta que se encontró con Víctor, te acordás de Víctor, el que tocaba el teclado con Los Apaches, ahhhh, sí, me acuerdo, pobre infeliz, y qué es de la vida de Víctor. Bueno. Y lo que vendría acá, que sería la anécdota o meollo del encuentro con Víctor, el apasionante “nudo” y el desgarrador “desenlace” consiste en apenas dos o tres datos laborales y domiciliarios y completamente faltos de interés; por ejemplo “Bien, anda bien, está arreglando CPUs y vive en Ranelagh”. O “Bien, bien, consiguió una beca en el Conicet y vive en Parque Patricios”. O, si querés ponerle mucha emoción: “Bien, ahí anda, está trabajando de payaso asesino en un Laberinto del Terror y vive en la Luna”. Y luego, sin avisar ni nada, pasa a lo realmente importante: “Sabés… Yo hace un par de años me cogí a la novia de Víctor”. O sea, al tipo le importa una goma contarte que se encontró con Víctor, o que trabaja de payaso asesino. Su intención, desde el principio, ha sido revelarte que se benefició a su novia, cosa que le parece un triunfo sobrecogedor digno de ser cantado por trovadores. Como historia, una estafa.
Los candidatos: Amigos de larga data o compañeros de oficina muy cancheros y sexualmente inseguros.
La frase recurrente: ¿Viste la minita esa? Bueno… (levantada de ceja y silencio elocuente)”
La Labor del Rempujador: El “rempuje al revés”, ignorando por completo la parte del triunfo sexual, con un “Pero pará, y Víctor, ¿qué más te contó? ¿Sigue tocando? Un tipazo, Víctor” (para gran desazón del Propaganda).
EL “PULP FICTION”: El recurso del relato desordenado hay que dejárselo a los profesionales. El narrador medio, más aún en el género relato oral no debería andar mezclando los tiempos, porque el relato oral se escucha con una oreja sí y con la otra puesta en el agua que no hierva o en que el crío no se tire por el balcón. ¡No! A mí contame la película ordenadita, querido. Sin embargo, muchos narradores orales, envueltos en la ansiedad y la prisa parecen darle poca importancia a este principio, y lo emparchan mediante el “porque antes”: “Ah, pará, porque antes habíamos tenido que pasar por lo de Pachu a buscarla a Ferchu para ir a lo de Chechu. Entonces estábamos en el 152, ah, pará, porque antes fuimos al Alto Palermo comprar el regalo de Gabu” y es todo un Caos narrativo insostenible y enloquecedor. Encima cuando pedís alguna precisión se te enojan: “No, no, PRIMERO me bocharon en lengua y DESPUÉS tuve que jugar la final de hockey, ay, tío, no tendés nadannn”. Y, no, no entiendo nada porque lo estás contando para el culo.
Los candidatos: Sobrinos o hijos de amigos, niños, preadolescentes y adolescentes llenos de vida y entusiasmo e incompetencia oral.
La frase recurrente: “Ah, pará, porque antes”
La Labor del Rempujador: Rempujamiento reconstructivo, cada diez segundos de relato, mediante la técnica del “Entonces”: “Entonces: Vos estabas en lo de tu primo y de ahí es que se fueron al Parque de la Costa, donde vomitaste el guiso de lentejas”. O “Entonces, en el colectivo fue que a tu amiga se le rompió el jean y ahí bajaron a lo de la prima a ver si le prestaba algo, pero vos no podías entrar porque a la prima le... ¿O venían de lo de la prima?”
Mediante el reconocimiento de estos desastres orales, el buen rempujador podrá llevar a cabo su tarea con eficiencia, para confort y tranquilidad del público.
viernes, 8 de abril de 2011
Coso 22: Alambre Protector de Champagne
El señor Frenando Franceschi nos dice: “El origen de este "coso" es un enigma para toda la humanidad. Este alambre retorcido, y casi siempre maloliente, tiene como función evitar que el corcho del champagne salga despedido por un exceso de presión interna en la botella. Para poder abrir un champagne, primero habrá que sacar el pegajoso papel que envuelve al "coso", y luego proceder a girar el alambre numerosas veces hasta que el mismo termine por quebrarse y nos impida abrir el envase faltando medio minuto para las doce. En el mejor de los casos, cuando estamos terminando de extraer el alambre, el corcho dará un estampido descontrolado e imprevisto con el consiguiente riesgo que este "coso" se supone que debería evitar. La utilidad real de este "coso" es la posterior confección por parte de los niños y/o adultos trasnochados, de diversos animales, flores, y todo tipo de figuras abstractas durante la sobremesa familiar.”
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